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Tradicionalmente los organismos internacionales - OMS, OPS,
UNICEF- y, en particular, los profesionales dedicados al campo
de la Salud, hemos hecho hincapié en los determinantes sociales
de salud y enfermedad, como parte del fundamento general de la
estrategia de Atención Primaria de la Salud (APS), para adecuar
la gestión de los servicios a la situación sociodemográfica de
los países. Desde este punto de vista, las decisiones
macroeconómicas no están primordialmente implicadas en la
gestión de la atención médica. Sin embargo, los factores
macroeconómicos estuvieron íntimamente vinculados el desempeño
de los sistemas de salud, desde el Siglo XIX. Naturalmente, no
sólo es un campo que excede los contenidos de nuestra formación
básica, como para citar solo fuentes científicas, también suelen
ser útiles ciertos comentarios económicos de carácter
periodístico, para contar con lenguajes más accesibles.
Llama la atención que en algunas situaciones del mercado los
argentinos acuden a países como Bolivia, Chile, Brasil y EE.UU.,
para comprar ciertos productos industriales complejos
(electrodomésticos, ropa, dispositivos de uso médico e incluso
medicamentos), mientras que los prestadores asistenciales de
esos países perciben proporcionalmente más que en la Argentina.
Esa diferencia determina que, para adquirir servicios sanitarios
y educativos, a bolivianos, brasileños, peruanos y ecuatorianos
les conviene hacerlo en nuestro país, mientras que en otros
productos ocurre a la inversa. Arriazu (1) señala que el primer
factor de análisis es el costo de los bienes y servicios en
dólares (US$), diferenciando su valor medido por el poder de
compra de los dólares y el valor de mercado de la divisa
corriente en cada país. Atribuye este fenómeno a que nuestro
país tiene fuerte distorsiones en los precios relativos, debido
a costos laborales, infraestructura, incentivos y carga
tributaria. Según el poder de compra, si en EE.UU. la canasta de
bienes y servicios que componen el PBI (según FMI) vale 1, en
Argentina es 0,459. En base a esta comparación hay países caros
y baratos.
Para comparar en términos “macro”, las organizaciones sanitarias
de Chile y Argentina son emblemáticas. El modelo original
chileno es el de Servicio Nacional de Salud, similar al National
Health Service (NHS) británico, en un país de estructura
unitaria, financiado por un Fondo Nacional de Salud (FoNaSa).
Desde 1980, se incorporaron entidades de cobertura privada (ISaPre’s,
Instituciones de Salud Previsional), pero sus afiliados debieron
mantener una contribución parcial al FoNaSa, lo que permitió
sostener la viabilidad de ambos subsistemas, aunque el privado
cubre menos del 20% de la población. Para determinar el paquete
de servicios cubiertos, establecieron el GES (Garantías
Explícitas de Salud), definiendo necesidades prioritarias de
protección y porcentajes de cobertura, es decir, desde el polo
de la demanda potencial. El Sistema de Salud argentino, en
cambio, es pluralista (público, seguridad social y privado) en
una estructura federal, donde las provincias tienen autonomía
decisoria en materia de Salud. Las contribuciones al sistema son
obligatorias para los trabajadores formales, en forma similar a
la Seguridad Social (SeS) alemana, y la prestación de servicios
es administrada por entidades de origen sindical o provincial (OS’s,
Obras Sociales). Pero a diferencia de Alemania, la titularidad
de la recaudación corresponde a cada entidad. Para definir los
servicios cubiertos, se partió de la oferta de cada
especialidad. En el momento actual, como la sustentabilidad del
sistema está comprometida -más de la mitad de las OS’s no
alcanzan a financiar el costo de los servicios básicos-, los
usuarios procuran adherir a coberturas privadas (EMP’s, Empresas
de Medicina Prepaga) adicionales.
Entre las causas actuales podemos citar costos relativos
distorsionados, un alto grado de corrupción operativa,
fragmentación institucional con limitada capacidad de regulación
y un gran porcentaje de empleo informal. Pero en la génesis del
diseño de nuestras coberturas, se pueden señalar factores
“macroeconómicos”. En la década del 60, dos grandes
instituciones gremiales de la Provincia de Buenos Aires, FeMeBA
y FeCliBA, establecieron listados de prestaciones médicas y
sanatoriales, con el fin de ordenar las condiciones
contractuales de los prestadores con las OS’s, consultando a
sociedades científicas y entidades especializadas
-respectivamente fueron publicadas como el “Libro Verde”, para
los médicos, y el “Libro Rosa” para los sanatorios. (2) Una
década más tarde (1977), se incorporaron aquellos digestos al
Nomenclador Nacional (NN), que, con sucesivas e innumerables
modificaciones para adecuarlo a la inflación, subsistió hasta
mediados de la década del 90. En ese entonces, a efectos de
cumplir compromisos con el FMI e instrumentar la denominada
“desregulación de OS’s”, se utilizó la base proporcionada por el
NN, para diseñar el Programa Médico Obligatorio (PMO), agregando
nominalmente el concepto de APS. La crisis
económico-institucional de 2002 -donde más del 50% de la
población se sumergió bajo la línea de pobreza-, determinó un
PMO de Emergencia. Lo demás son múltiples historias más
recientes, que seguramente están en la memoria de los lectores,
pero a lo largo de esa línea de tiempo, persistió un rasgo
macroeconómico histórico: las prestaciones que integran la
cobertura de nuestra SeS, parten conceptualmente del polo de la
oferta, predominando un enfoque reparador antes que preventivo,
y una mayor valoración de las prestaciones de alta complejidad
tecnológica.
A los aspectos funcionales analizados, que están dentro del
alcance de las políticas gubernamentales, deben agregarse
factores demográficos y sociales, que escapan a las facultades
inmediatas de las autoridades. Campanario menciona un estudio de
CIPPEC que señala que en Argentina y Uruguay la tasa de
natalidad se ha reducido a niveles de 1.4 y 1.5, mientras que se
requiere 2.1 por pareja para mantener estable la población a
largo plazo. (3) Por su parte, Liotti comenta que el PAMI
-impulsado por las repetidas moratorias del período 2003-2015-
alcanzó unos 5,4 millones de beneficiarios, incluyendo 1,1
millones mayores de 80 años y 5.323 de más de 100 años. (4)
Estos mínimos ejemplos, permiten suponer que la pirámide
demográfica se está acercando aceleradamente a un formato
rectangular. Las tendencias señaladas sugieren la necesidad de
replantear los paquetes de beneficios tradicionales,
contemplando apoyos sociales que nuestras coberturas no prevén.
Además de la reducción de hijos por cada pareja, los embarazos
suelen ser buscados después de los 30 años, dado que ambos
cónyuges tienen ocupaciones competitivas. Las coberturas en
general no proveen apoyo doméstico para el hogar, asistencia
para la lactancia materna y niñeras, como en Inglaterra y
Alemania. Tampoco hay prestadores suficientes para
rehabilitación cognitiva, acompañantes para personas de
autonomía limitada, actividades de esparcimiento para adultos
mayores y asistencia domiciliaria para mayores sin convivientes.
El sistema -en forma global- parece esmerarse en proveer
medicamentos de alto costo, nuevos procedimientos robotizados de
menor invasividad, operaciones de alto riesgo en pacientes
complicados y otros avances tecnológicos. Pero sin prescindir de
esos adelantos, cabe destacar que no forman parte de las
prioridades prestacionales, acciones sencillas tendientes a
proteger la calidad de vida de los usuarios, en los momentos
críticos en que las necesitan.
Bibliografía:
1) Arriazu R.: Argentina necesita una “hormona” de
competitividad y crecimiento. Clarín, 21-diciembre-2025: 39.
2) Reale A., Laspiur J., O’Donnell J.: El Nomenclador Nacional;
sus antecedentes y características en el sistema arancelado.
Medicina y Sociedad, Vol. 1, N° 1, Buenos Aires, 1978: 29-34.
3) Campanario S.: La economía de la baja natalidad, una
disrupción de la que se habla menos que la IA. La
Nación-Economía, 28-diciembre-2025: 12.
4) Liotti J.: La mutación más profunda y silenciosa. La Nación,
18-enero-2026: 34.
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