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 Opinión

    
¿DEBERÍA REVISARSE LA MATRIZ DE LOS CONOCIMIENTOS MÉDICOS?
 
Por
el Dr. Hugo E. Arce (*)


Aunque en esta etapa del desarrollo tecnológico y de los avances del conocimiento científico, esta afirmación puede resultar extemporánea, creo que, en la construcción de nuestro edificio médico-científico, sigue predominando una estructura basada en órganos, aparatos y noxas, repitiendo el curso que siguieron las escuelas clásicas, desde Hipócrates y Galeno en adelante. Los estudiosos primero describieron los órganos (anatomía descriptiva), luego los tejidos vecinos y las relaciones entre ellos (anatomía topográfica), y más tarde las funciones esenciales de los órganos y el funcionamiento de los aparatos (fisiología). Desde ese punto de partida, se estudiaron las lesiones que las enfermedades producían en esos órganos, pese a que aún no se supiera el mecanismo íntimo de los daños (patología). Debe tenerse en cuenta que, desde el marco teórico formulado por Hipócrates (Siglos V-IV a.C.) y las brillantes interpretaciones de Galeno en el Siglo III d.C., hubo un importante enriquecimiento aportado por la Escuela de Salerno del Siglo IX. Pero el gran tránsito desde la Edad Media hacia el Renacimiento fue facilitado por el dominio musulmán y judío de las tierras mediterráneas que, como un inmenso salto histórico de garrocha -en particular por el persa Avicena y el judío Maimónides-, tradujeron los textos greco-romanos y facilitaron su acceso a la Edad Moderna. Desde este punto puede inferirse que el conocimiento científico se desarrolló como un enorme árbol -alimentado por investigaciones experimentales- hasta el momento actual. Pero la antigua matriz greco-romana mantuvo su savia.
En el centro del análisis de las causas de salud y enfermedad, se imaginaron seres humanos agredidos por factores ambientales, microorganismos productores de infinita variedad de patógenos, múltiples patologías cuya etiología era todavía desconocida y diversos hábitos de la vida urbana, que iban desplazando pautas de vida saludable, para reemplazarlas por alimentos inadecuados, sedentarismo, tabaquismo y adicciones a drogas nocivas. Desde la 2ª mitad del Siglo XX, la producción industrial de antibióticos modificó significativamente el ecosistema de las infecciones, pero apareció un nuevo factor de alarma, ante la amenaza próxima de cepas bacterianas altamente resistentes, y transmisión de nuevas virosis provenientes de continentes distantes, transportados por medios de comunicación incesantes. Por su parte, la vida urbana facilitó cambios inapropiados de la masa corporal, obesidad, enfermedades metabólicas como diabetes, hiperlipidemias, osteopatías por déficit de construcción de tejido óseo, como causa de fracturas espontáneas, alimentos con escaso contenido de fibras vegetales y frutas, proteínas reemplazadas por productos industriales de escaso valor biológico. Simultáneamente patologías cardiovasculares, que se manifiestan por dramáticos cuadros cerebrales, infartos de miocardio, trastornos del retorno venoso, obstrucciones arteriales periféricas, alteraciones funcionales del corazón, desequilibrios circulatorios e insuficiencias pulmonares.
Para explicar esta mínima e incompleta enumeración, se han identificado los factores causales, esencialmente como si fueran externos al desempeño del ser humano: los gérmenes que inducen infecciones, más graves en su genio contaminante, cuando están habituados a ambientes hospitalarios. Sin embargo, nuevos cono- cimientos han demostrado que un protagonista central de los procesos infecciosos no está fuera del organismo, sino dentro de los aparatos digestivo, respiratorio, cutáneo y orificios de los emuntorios. De ese conjunto, que se denomina ahora microbiota, se exploran los motivos por los que gérmenes que portamos habitualmente sin daño, en ciertos momentos mutan a condiciones de patógenos. Una gran parte de las patologías de diferentes órganos y del aparato locomotor, al profundizarse la investigación de su patogenia, han mostrado componentes autoinmunes, que complican las perspectivas de su tratamiento. Es decir, causas de las que somos portadores, como parte de nuestra herencia genética, y que no estaban fuera del organismo. Al mismo tiempo, diversas entidades neurológicas, han requerido medios terapéuticos de origen monoclonal -al igual que en el campo de la Oncología-, cuya utilización incrementa los costos de la atención médica, más allá de las posibilidades de sustentabilidad de las organizaciones de cobertura. Durante muchos años se estudió el comportamiento del eje endócrino hipotálamo-hipofisario, así como otros ejes en que la glándula pituitaria actúa como reguladora. Se identificaron hormonas que influyen en el aparato neurológico, provocando distintos equilibrios generales de estimulación e inhibición. Más tarde se encontró que el origen de esas secreciones hormonales no estaba sólo en el sistema límbico, sino que se producen en todo el aparato encéfalo-espinal y circulan por el líquido céfalo-raquídeo para contribuir a esos fenómenos.
En el campo de la Cirugía, se incorporan procedimientos robotizados de menor invasividad, así como operaciones -anteriormente de alto riesgo- por técnicas endoscópicas, que inducen nuevos campos visuales modificados a través de fibras ópticas. La tecnología de diagnóstico por imágenes -ecografías, TAC, RNM, PET, Doppler y centellogramas- han permitido la identificación de lesiones de partes blandas, caracterizar su funcionamiento, dimensionar la presencia de vascularización anormal y definir detalles morfológicos, a los que en otros tiempos se accedía en el momento de las autopsias. Estos adelantos requieren introducir nuevas visiones endoscópicas, interpretaciones de cortes virtuales de tejidos (que antes sólo veíamos en preparados cadavéricos), múltiples variedades de punciones-biopsia, biopsias líquidas, marcadores en aire exhalado y análisis genéticos, que anticipan diagnósticos patológicos para orientar las conductas terapéuticas. Sin duda la procuración y trasplantes de órganos ocuparán un recurso sustancial en la recuperación de ciertas enfermedades crónicas irreversibles.
Esta somera recorrida de la gnoseología médica existente sugiere adaptaciones de época que, sin prescindir de las materias básicas mencionadas al iniciar este comentario -anatomía descriptiva y topográfica, fisiología, patología, microbiología y farmacología-, requerirían abordajes más profundos. Sin la pretensión de agotar su enumeración, creo conveniente mencionar inmunología, bacteriología, virología, medio interno y equilibrio ácido-base, nuevos diagnósticos por imágenes, técnicas endoscópicas, neuro-endocrinología, bioética, diversidad cultural e integración del enfoque socio-psicológico, en el vínculo de los pacientes y sus familias con los servicios de salud. La formación final de las profesiones médicas no debería ser una sumatoria de especialidades, para las que se cuenta con cursos y residencias específicas de posgrado. Pero en el núcleo central de la capacitación deberían profundizarse algunos
contenidos, que implicarán revisar una nueva matriz de conocimientos que sustentará las profesiones de salud.

Nota. El autor agradece a Santiago C. Arce la revisión del manuscrito.


(*)  Médico sanitarista. Doctor en Ciencias de la Salud. Director del Departamento de Salud Pública, Instituto Universitario de Ciencias de la Salud, Fundación Barceló. Miembro del Grupo PAIS.

 
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