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Aunque en esta etapa del desarrollo
tecnológico y de los avances del conocimiento científico, esta
afirmación puede resultar extemporánea, creo que, en la
construcción de nuestro edificio médico-científico, sigue
predominando una estructura basada en órganos, aparatos y noxas,
repitiendo el curso que siguieron las escuelas clásicas, desde
Hipócrates y Galeno en adelante. Los estudiosos primero
describieron los órganos (anatomía descriptiva), luego los
tejidos vecinos y las relaciones entre ellos (anatomía
topográfica), y más tarde las funciones esenciales de los
órganos y el funcionamiento de los aparatos (fisiología). Desde
ese punto de partida, se estudiaron las lesiones que las
enfermedades producían en esos órganos, pese a que aún no se
supiera el mecanismo íntimo de los daños (patología). Debe
tenerse en cuenta que, desde el marco teórico formulado por
Hipócrates (Siglos V-IV a.C.) y las brillantes interpretaciones
de Galeno en el Siglo III d.C., hubo un importante
enriquecimiento aportado por la Escuela de Salerno del Siglo IX.
Pero el gran tránsito desde la Edad Media hacia el Renacimiento
fue facilitado por el dominio musulmán y judío de las tierras
mediterráneas que, como un inmenso salto histórico de garrocha
-en particular por el persa Avicena y el judío Maimónides-,
tradujeron los textos greco-romanos y facilitaron su acceso a la
Edad Moderna. Desde este punto puede inferirse que el
conocimiento científico se desarrolló como un enorme árbol
-alimentado por investigaciones experimentales- hasta el momento
actual. Pero la antigua matriz greco-romana mantuvo su savia.
En el centro del análisis de las causas de salud y enfermedad,
se imaginaron seres humanos agredidos por factores ambientales,
microorganismos productores de infinita variedad de patógenos,
múltiples patologías cuya etiología era todavía desconocida y
diversos hábitos de la vida urbana, que iban desplazando pautas
de vida saludable, para reemplazarlas por alimentos inadecuados,
sedentarismo, tabaquismo y adicciones a drogas nocivas. Desde la
2ª mitad del Siglo XX, la producción industrial de antibióticos
modificó significativamente el ecosistema de las infecciones,
pero apareció un nuevo factor de alarma, ante la amenaza próxima
de cepas bacterianas altamente resistentes, y transmisión de
nuevas virosis provenientes de continentes distantes,
transportados por medios de comunicación incesantes. Por su
parte, la vida urbana facilitó cambios inapropiados de la masa
corporal, obesidad, enfermedades metabólicas como diabetes,
hiperlipidemias, osteopatías por déficit de construcción de
tejido óseo, como causa de fracturas espontáneas, alimentos con
escaso contenido de fibras vegetales y frutas, proteínas
reemplazadas por productos industriales de escaso valor
biológico. Simultáneamente patologías cardiovasculares, que se
manifiestan por dramáticos cuadros cerebrales, infartos de
miocardio, trastornos del retorno venoso, obstrucciones
arteriales periféricas, alteraciones funcionales del corazón,
desequilibrios circulatorios e insuficiencias pulmonares.
Para explicar esta mínima e incompleta enumeración, se han
identificado los factores causales, esencialmente como si fueran
externos al desempeño del ser humano: los gérmenes que inducen
infecciones, más graves en su genio contaminante, cuando están
habituados a ambientes hospitalarios. Sin embargo, nuevos cono-
cimientos han demostrado que un protagonista central de los
procesos infecciosos no está fuera del organismo, sino dentro de
los aparatos digestivo, respiratorio, cutáneo y orificios de los
emuntorios. De ese conjunto, que se denomina ahora microbiota,
se exploran los motivos por los que gérmenes que portamos
habitualmente sin daño, en ciertos momentos mutan a condiciones
de patógenos. Una gran parte de las patologías de diferentes
órganos y del aparato locomotor, al profundizarse la
investigación de su patogenia, han mostrado componentes
autoinmunes, que complican las perspectivas de su tratamiento.
Es decir, causas de las que somos portadores, como parte de
nuestra herencia genética, y que no estaban fuera del organismo.
Al mismo tiempo, diversas entidades neurológicas, han requerido
medios terapéuticos de origen monoclonal -al igual que en el
campo de la Oncología-, cuya utilización incrementa los costos
de la atención médica, más allá de las posibilidades de
sustentabilidad de las organizaciones de cobertura. Durante
muchos años se estudió el comportamiento del eje endócrino
hipotálamo-hipofisario, así como otros ejes en que la glándula
pituitaria actúa como reguladora. Se identificaron hormonas que
influyen en el aparato neurológico, provocando distintos
equilibrios generales de estimulación e inhibición. Más tarde se
encontró que el origen de esas secreciones hormonales no estaba
sólo en el sistema límbico, sino que se producen en todo el
aparato encéfalo-espinal y circulan por el líquido
céfalo-raquídeo para contribuir a esos fenómenos.
En el campo de la Cirugía, se incorporan procedimientos
robotizados de menor invasividad, así como operaciones
-anteriormente de alto riesgo- por técnicas endoscópicas, que
inducen nuevos campos visuales modificados a través de fibras
ópticas. La tecnología de diagnóstico por imágenes -ecografías,
TAC, RNM, PET, Doppler y centellogramas- han permitido la
identificación de lesiones de partes blandas, caracterizar su
funcionamiento, dimensionar la presencia de vascularización
anormal y definir detalles morfológicos, a los que en otros
tiempos se accedía en el momento de las autopsias. Estos
adelantos requieren introducir nuevas visiones endoscópicas,
interpretaciones de cortes virtuales de tejidos (que antes sólo
veíamos en preparados cadavéricos), múltiples variedades de
punciones-biopsia, biopsias líquidas, marcadores en aire
exhalado y análisis genéticos, que anticipan diagnósticos
patológicos para orientar las conductas terapéuticas. Sin duda
la procuración y trasplantes de órganos ocuparán un recurso
sustancial en la recuperación de ciertas enfermedades crónicas
irreversibles.
Esta somera recorrida de la gnoseología médica existente sugiere
adaptaciones de época que, sin prescindir de las materias
básicas mencionadas al iniciar este comentario -anatomía
descriptiva y topográfica, fisiología, patología, microbiología
y farmacología-, requerirían abordajes más profundos. Sin la
pretensión de agotar su enumeración, creo conveniente mencionar
inmunología, bacteriología, virología, medio interno y
equilibrio ácido-base, nuevos diagnósticos por imágenes,
técnicas endoscópicas, neuro-endocrinología, bioética,
diversidad cultural e integración del enfoque socio-psicológico,
en el vínculo de los pacientes y sus familias con los servicios
de salud. La formación final de las profesiones médicas no
debería ser una sumatoria de especialidades, para las que se
cuenta con cursos y residencias específicas de posgrado. Pero en
el núcleo central de la capacitación deberían profundizarse
algunos
contenidos, que implicarán revisar una nueva matriz de
conocimientos que sustentará las profesiones de salud.
Nota. El autor agradece a Santiago C. Arce la revisión del
manuscrito.
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