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Semanas atrás Consenso Salud realizó un seminario en Inglaterra
donde se discutieron varios ejes que atraviesan la sanidad
actual. La agenda incluyó los temas de inteligencia artificial
(IA), calidad, financiamiento y gestión, entre otros, pero bajo
una tesis de fondo que debería interpelarnos particularmente a
los argentinos: sin gobernanza, la tecnología no alcanza.
El III Seminario de Innovación en Sistemas de Salud, que se
realizó desde del 6 hasta el 10 de abril entre Oxford y Londres,
reunió a referentes públicos y privados de Iberoamérica en sedes
de fuerte peso académico e institucional.
Encuentros como estos, que se detienen en la evaluación de
resultados, contrastan con lo vivido en nuestro país, donde
desde la pandemia a la fecha, carecemos de análisis autocríticos
sobre, por ejemplo, el aumento de la incidencia de tuberculosis,
sífilis, hambre, déficit de vacunación; evadiendo la
responsabilidad gubernamental y con ausencia de reclamo de la
comunidad.
Efectivamente, debemos impulsar la organización comunitaria como
fuerza generadora, capaz de articular la diversidad y dar forma
a lo disperso; una construcción participativa, no reducida a la
representación ni a la delegación. Como señalé en La fórmula
sanitaria (2003), (1) destacando el componente usuario y la
ecuación sanitaria, (2),que da lugar al tablero de comando, que
debería tener presente esta participación comunitaria.
El encuentro se propuso como un puente entre sector público y
privado, academia y gestión, y entre los distintos sistemas de
salud de la región. A lo largo de las jornadas, se consolidó una
idea clave: la innovación sólo genera valor sostenible cuando se
apoya en gobernanza sólida, financiamiento estratégico
(presupuesto por programas), datos confiables, regulación
inteligente y capacidad real de implementación. El desafío,
entonces, no pasa por incorporar tecnología a cualquier precio,
sino por construir la arquitectura institucional que permita
adoptarla, escalarla y sostenerla.
Como hemos señalado en otras oportunidades, la gobernanza no
puede suceder en un marco normativo dentro de instituciones
colapsadas y sin capacidad procedimental, en lo que se refiere a
la eficiencia de cumplir con una programación estructurada en
función de realizar los objetivos. La complejidad del área
sanitaria exige una modelización capaz de distinguir las
variables de control -aquellas que encauzan, restringen o
desvían la dinámica del sistema- (dado que las variables de
estado, por su multiplicidad, mutabilidad e inaccesibilidad
inmediata, resultan en gran medida imposibles de aprehender de
modo directo). De manera tal de evitar lo acontecido:
En los
pacientes: desamparo + desorientación.
En los
profesionales: agotamiento + frustración.
En los
empresarios: incertidumbre + descapitalización.
En el gobierno:
debilidad para desbloquear la inercia organizativa.
Y, como resultante de todo esto, el infortunio y desasosiego.
Según la síntesis del seminario, ni más recursos ni más
tecnología garantizan por sí solos el cambio. Lo que hace falta
son acuerdos amplios y persistentes, apoyados en cuatro pilares:
gobernanza, financiamiento, redes integradas centradas en el
paciente y evaluación sistemática de resultados.
El contraste con los hechos que en nuestro país salieron a la
luz sobre hurtos, comercialización y casos de consumo de
propofol y fentanilo que terminaron con un fallecimiento, nos
pone en una situación en la que la toma de decisiones debería
imponerse frente a cualquier regodeo sensacionalista. En este
sentido, merece destacar la respuesta del gobierno de la Ciudad,
que reaccionó con unas medidas de control adecuadas, aunque
limitadas a sus instituciones, principalmente en lo que respecta
al control del descarte.
Los farmacéuticos ahora validan que la medicación, el paciente,
la dosis, la concentración y la frecuencia sean correctos. Cada
ampolla o unidad que se entrega es contra indicación de un
paciente concreto. Una vez aplicadas, las ampollas o cualquiera
sea el envase original tienen que devolverse a la farmacia
cerrados si no se utilizaron, vacíos si se utilizaron por
completo o, de lo contrario, con la cantidad que no se haya
aplicado y que habrá que descartar.
Pero el caso del anestesiólogo fallecido (más otros pasados que
recién ahora adquieren notoriedad pública) se muestra en nuestro
país como un caso policíaco cuando, más allá de serlo, nos
señala una falla (una más) institucional y sanitaria. Muestra de
fragilidad institucional, endeblez gubernamental, precariedad
política y vulnerabilidad ciudadana. Como advertía Marc Lalonde,
la salud de una comunidad se encuentra influida por
determinantes estructurales y directos, por condicionantes
biológicos, psicosociales y socioculturales que facilitan o
dificultan las respuestas, y por factores predisponentes,
vinculados a hábitos, actividades y situaciones que aumentan la
probabilidad de determinados daños o enfermedades. Si no estamos
en condiciones de garantizar la trazabilidad de elementos
intrahospitalarios, de uso selectivo en quirófanos, poco cabe
esperar de articulaciones logísticas más amplias.
La pregunta de fondo es sanitaria antes que tecnológica: cómo
incorporar herramientas poderosas sin resignar equidad,
seguridad ni confianza pública. El problema no es solo generar
buenas ideas, sino cerrar la brecha entre innovación y adopción.
Pero en nuestro país no hay brecha sino desgarro y regresión,
que lleva a la actual indefensión sanitaria.
Indaguemos. ¿Quién nos cuida? ¿Quién orienta? ¿Quién supervisa?
¿Quién acredita/habilita/categoriza/capacita? ¿Quién evalúa?
¿Quién planifica? Son funciones indelegables del Estado la
justicia, la seguridad, la educación y la salud; sin embargo,
hoy asistimos a un Estado mutilado en sus capacidades de
regulación y contralor del área sanitaria, mientras con
frecuencia se pretende reducir su papel a una mera instancia de
mediación. Cuando ello ocurre, se debilita la posibilidad misma
de construir políticas sanitarias efectivas, ya que éstas sólo
alcanzan consistencia cuando el Estado se involucra activamente
en su definición, diseño e implementación. De ahí que la salud
de la población deba reconocerse no sólo como un servicio, sino
como una expresión inseparable de soberanía y dignidad.
Es decir, necesitamos un Gabinete Estratégico de Gestión
Operacional, que englobe la gobernanza sanitaria de manera
multidisciplinar y federal en todo el territorio nacional. Es
indispensable que exista una estrategia única, que puede y debe
expresarse en diversas fases, tácticas y abordajes a lo largo y
ancho del país, pero con un mando central de coordinación con
responsabilidad profesional y respaldo político.
Sería, entonces, una cogobernanza de gestión política-científica
bajo la coordinación profesional de un gabinete nacional que
actúe sobre la totalidad del territorio. De esta manera se
unificarían criterios y responsabilidades, que deberían eludir
la burocratización excesiva que traba la acción transformadora.
Se trata, en definitiva, de superar la anomia (llamada
vulgarmente “fragmentación”) mediante un acuerdo sanitario
público. Para ello, deben reformularse estrategias, asignar
correctamente los recursos, contener los costos y preservar el
capital humano con la homogeneización prestacional mediante
“empresas públicas de servicios” en una Red Sanitaria de
Utilización Pública sin distinción de titularidad jurídica.
Estas deberían estar marcadas por el Observatorio Nacional de
Salud en referencia al Ordenamiento Territorial, según una red
operativa ajustada a los recursos profesionales, el parque
tecnológico y una economía de escala, de manera tal que se
cumpla con la finalidad de producir salud y consumir asistencia
médica adecuada, oportuna y eficiente.
Bibliografía:
1) Fórmula sanitaria = Financiador + Prestador + Proveedor +
Usuario / Coordinador (monitoreo + logística) (informática +
comunicación).
2) Ecuación sanitaria = gobernanza + salud pública.
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Doctor en Medicina por
la Universidad Nacional
de Buenos Aires (UBA).
Director Académico de la
Maestría de Salud
Pública y Seguridad
Social de la Universidad
del Aconcagua - Mendoza;
Director de la Comisión
de Ciencia y Tecnología
de la Universidad de
Concepción del Uruguay –
UCU. Coautor junto al
Dr. Vicente Mazzáfero de
“Por una reconfiguración
sanitaria pos-pandémica:
epidemiología y
gobernanza” (2020).
Autor de “Una vida plena
para los adultos
mayores” (2024); “La
Salud que no tenemos”
(2019); “Argentina
Hospital, el rostro
oscuro de la salud”
(2004-2018); “Claves
jurídicas y
asistenciales para la
conformación de un
Sistema Federal
Integrado de Salud”
(2012); “En búsqueda de
la salud perdida”
(2009); “La Fórmula
Sanitaria” (2003). |
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