|
Una situación límite es un momento crítico y definitorio en la
vida, donde las reglas comunes ya no sirven para resolver
problemas. Tal descripción cabe al área sanitaria de nuestro
país, aunque más no sea como modelo operativo para enfrentar una
realidad crítica desde hace décadas. La situación cambió de
nivel, hubo un salto cualitativo que requiere un nuevo enfoque
con medidas urgentes.
El aumento de la tuberculosis, la sífilis, el Chagas, la des-
nutrición, los problemas vinculados con la mala praxis (como las
cesáreas, que alcanzan el 40% de los partos), el descontrol en
algunas clínicas, institutos y laboratorios respecto del manejo
de drogas (fentanilo, propofol), la aparición de médicos falsos
atendiendo en ámbitos sensibles (escuelas, comisarías), y un
largo etcétera, forman parte de una realidad que aparece de
manera recurrente en los diarios.
Las alarmas se multiplican y potencian entre sí. No tenemos
gobernanza, pero tampoco ciudadanos conscientes del significado
de esta tendencia. No tenemos hospitales acordes con las
exigencias contemporáneas, pero tampoco médicos que se
correspondan con ellos. La hora actual exige una especial
luminosidad mental frente a la oscuridad y el declive del
ambiente institucional y sanitario. Nos vemos inmersos en un
momento en el que la falta de organización del Sector Salud:
• Genera la fragmentación de sus
actores principales. Esto nos acerca a la anomia: un punto en el
que se pierde el sentido de las normas, los procedimientos y sus
fines.
• Tampoco consolida el Sistema
Federal Integrado de Salud ni un Observatorio de Salud que actúe
como brújula y guía, al tiempo que se debilitan los vínculos,
las responsabilidades y el tejido social que articula al
sistema.
• Y además carece de una
planificación estratégica que articule armónicamente el sector
público con el privado en redes cualificadas.
Es ahora cuando más necesitamos construir una nueva cosmovisión
que nos lleve a la creación de procesos eficientes, equitativos
y humanos. El educador argentino Gregorio Wienberg ya en 1999
iluminó un sendero señalando hacia el pasado y hacia el futuro.
Al pasado, al advertir que necesitamos recuperar el optimismo
que nos llegó de la Ilustración y el Positivismo. Y al futuro
que implican los avances inéditos del desarrollo científico y
tecnológico puestos al servicio de la vida humana.
Se trata de un aspecto medular que requiere una honda reflexión
sobre los actuales adelantos, que en el campo de la medicina nos
llevan a una clara dualidad entre una gran oportunidad y un gran
riesgo. Oportunidad de incorporarlos al sistema productivo de la
salud, y riesgo de que su utilización acrítica sea un agregado
más a la ya fragmentada y desigual estructura sociosanitaria.
Ya desde la segunda mitad del siglo XX existen profundas
transformaciones que introdujeron sólidas herramientas para el
diagnóstico y los tratamientos, que obligan a modificar la
cosmogonía sanitaria, es decir, la interacción de los
componentes que la constituyen, y que a partir de allí deberían
adquirir características operativas de gestión.
Nuestra realidad actual y local nos sitúa a contramano.
Socavamos los pocos nodos de producción científica y tecno-
lógica que nos quedan. La inversión en ciencia y tecnología es
la más baja desde 1972, en términos de porcentaje del PBI, que
apenas llega al 0,15 por ciento. El prestigioso doctor en física
Carlos Balseiro habla de vaciamiento. Particularmente señala la
situación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA),
donde los jóvenes investigadores no cubren sus necesidades
básicas con sus emolumentos, pero tampoco cuentan con proyectos
desafiantes y un horizonte de crecimiento. La participación de
privados es fundamental, argumenta, pero insuficiente sin la
participación estatal.
Su conclusión es tajante: “Si el Estado se retira y se destruye
la base científica y tecnológica, no solo se pierden capacidades
y talento: se compromete la soberanía, se profundiza la
dependencia del conocimiento externo, se hipoteca el futuro de
las próximas generaciones y se abandona toda posibilidad de ser
actores económicos globales”.
Por otro lado, el actual enfoque de “oferta” de salud coloca al
paciente en el lugar de consumidor, desplegándole una serie de
opciones de compra de servicios y medicamentos nuevos con
precios fuera de escala. Esta lógica de mercado desplaza, tanto
la responsabilidad estatal de prefigurar la atención médica,
como la responsabilidad del médico de prescribir la indicación
adecuada, fundada en su formación y en la correspondiente
responsabilidad asimétrica: dando lugar a un mercadeo donde
intervienen farmacéuticas y prepa- gas. Al paciente se le
enumeran las opciones, pero no cuenta con la preparación
profesional ni la distancia personal para evaluarlas con la
rigurosidad que requieren.
Por no hablar del chantaje económico-emocional (si no elegís la
opción más cara estarías privilegiando el bolsillo sobre la
salud) y de la rasa exclusión social que el nivel económico
implica. Cuando, además, no pocas veces el problema es el
inverso: alguien no puede acceder a la opción más onerosa que
resultaría necesaria, mientras que alguien opta por ella al
poder pagarla (a veces a costa de un sacrificio importante) pero
termina resultando innecesario o hasta perjudicial.
Podemos y debemos exigir responsabilidad e idoneidad a los
médicos, así como a otros actores del área sanitaria, pero no
podemos pretender que se estructure una proyección de
transformación superadora desde la voluntad de los agentes
particulares. Son las políticas públicas las que trazan el
camino a recorrer. Para el ejemplo anterior, se trata de una
Agencia de Evaluación Tecnológica idónea y operativa, con
evaluación cruzada y constante.
A propósito de políticas públicas, hace unas tres décadas ya
advertía Carlos Matus, el principal exponente de la visión
estratégica de América Latina, algunos problemas de la gestión
política que siguen siendo plenamente válidos al día de hoy, y
que podemos vincular más específicamente a la gobernanza
sanitaria:
1. La política está desenfocada: genera sus propios problemas y
se enfoca en ellos y no en los problemas de la comunidad. Es
decir: La política se ocupa de los problemas de la política y no
de los problemas sociales reales.
2. Las dirigencias políticas creen que alcanza con
improvisación, experiencia y formación profesional. No se
interiorizan en los saberes y prácticas específicas de la
gobernanza, en técnicas de gobierno. No saben que no saben.
3. Existe un sistema de baja responsabilidad. Nadie rinde
cuentas por su desempeño frente a nadie. Facilita la
mediocridad, la falta de ética y la corrupción. Esto es: La
corrupción es un subproducto de la mediocridad.
4. Los partidos políticos se reducen a funcionar como clubes
electorales. No asumen la dimensión de formación. Facilitan la
dilución de sus líneas ideológicas definidas.
No se preocupan de la formación de sus líderes, no capacitan a
sus dirigentes ni a sus militantes. Faltan cuadros que aseguren
idoneidad, responsabilidad y honestidad.
En síntesis, la situación actual obliga a repensar el Estado y
aceptar que gobernar es crear instituciones capaces de componer
tanto las normas como los procedimientos, con el fin de obtener
un funcionamiento que gestione problemas concretos y que prevea
y limite devenires no deseados. Y al nivel de la salud pública
falta una “mesa de trabajo” donde se diseñe un plan estratégico,
con plazos y objetivos que respondan a una secuencia
prioritaria. Pues no sirve discutir políticas sin disponer de
órganos operativos idóneos, capaces de accionar en
correspondencia con las finalidades requeridas. Al decir de
Antoine de Saint-Exupéry: “Un objetivo sin un plan, es solo un
deseo”.
| (*)
Doctor en Medicina por
la Universidad de Buenos
Aires (UBA). Director
Académico de la Maestría
de Salud Pública y
Seguridad Social de la
Universidad del
Aconcagua - Mendoza;
Director de la Comisión
de Ciencia y Tecnología
de la Universidad de
Concepción del Uruguay –
UCU. Coautor junto al
Dr. Vicente Mazzáfero de
Por una reconfiguración
sanitaria pos-pandémica:
epidemiología y
gobernanza (2020). Autor
de El hombre que señala
(2026); Una vida plena
para los adultos mayores
(2024); La Salud que no
tenemos (2019);
Argentina Hospital, el
rostro oscuro de la
salud (2004-2018);
Claves jurídicas y
asistenciales para la
conformación de un
Sistema Federal
Integrado de Salud
(2012); En búsqueda de
la salud perdida (2009);
La Fórmula Sanitaria
(2003); Al gran pueblo
argentino Salud. Una
propuesta operativa
integradora (1998). |
|