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 Columna

    

INNOVACIÓN, GOBERNANZA Y CONTROL EN SALUD

“Mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar,
sino una exquisita mixtura de ambas cosas”
José Ortega y Gasset

Por el Doctor Ignacio Katz


Semanas atrás Consenso Salud realizó un seminario en Inglaterra donde se discutieron varios ejes que atraviesan la sanidad actual. La agenda incluyó los temas de inteligencia artificial (IA), calidad, financiamiento y gestión, entre otros, pero bajo una tesis de fondo que debería interpelarnos particularmente a los argentinos: sin gobernanza, la tecnología no alcanza.
El III Seminario de Innovación en Sistemas de Salud, que se realizó desde del 6 hasta el 10 de abril entre Oxford y Londres, reunió a referentes públicos y privados de Iberoamérica en sedes de fuerte peso académico e institucional.
Encuentros como estos, que se detienen en la evaluación de resultados, contrastan con lo vivido en nuestro país, donde desde la pandemia a la fecha, carecemos de análisis autocríticos sobre, por ejemplo, el aumento de la incidencia de tuberculosis, sífilis, hambre, déficit de vacunación; evadiendo la responsabilidad gubernamental y con ausencia de reclamo de la comunidad.
Efectivamente, debemos impulsar la organización comunitaria como fuerza generadora, capaz de articular la diversidad y dar forma a lo disperso; una construcción participativa, no reducida a la representación ni a la delegación. Como señalé en La fórmula sanitaria (2003), (1) destacando el componente usuario y la ecuación sanitaria, (2),que da lugar al tablero de comando, que debería tener presente esta participación comunitaria.
El encuentro se propuso como un puente entre sector público y privado, academia y gestión, y entre los distintos sistemas de salud de la región. A lo largo de las jornadas, se consolidó una idea clave: la innovación sólo genera valor sostenible cuando se apoya en gobernanza sólida, financiamiento estratégico (presupuesto por programas), datos confiables, regulación inteligente y capacidad real de implementación. El desafío, entonces, no pasa por incorporar tecnología a cualquier precio, sino por construir la arquitectura institucional que permita adoptarla, escalarla y sostenerla.
Como hemos señalado en otras oportunidades, la gobernanza no puede suceder en un marco normativo dentro de instituciones colapsadas y sin capacidad procedimental, en lo que se refiere a la eficiencia de cumplir con una programación estructurada en función de realizar los objetivos. La complejidad del área sanitaria exige una modelización capaz de distinguir las variables de control -aquellas que encauzan, restringen o desvían la dinámica del sistema- (dado que las variables de estado, por su multiplicidad, mutabilidad e inaccesibilidad inmediata, resultan en gran medida imposibles de aprehender de modo directo). De manera tal de evitar lo acontecido:

En los pacientes: desamparo + desorientación.

En los profesionales: agotamiento + frustración.

En los empresarios: incertidumbre + descapitalización.

En el gobierno: debilidad para desbloquear la inercia organizativa.

Y, como resultante de todo esto, el infortunio y desasosiego.
Según la síntesis del seminario, ni más recursos ni más tecnología garantizan por sí solos el cambio. Lo que hace falta son acuerdos amplios y persistentes, apoyados en cuatro pilares: gobernanza, financiamiento, redes integradas centradas en el paciente y evaluación sistemática de resultados.
El contraste con los hechos que en nuestro país salieron a la luz sobre hurtos, comercialización y casos de consumo de propofol y fentanilo que terminaron con un fallecimiento, nos pone en una situación en la que la toma de decisiones debería imponerse frente a cualquier regodeo sensacionalista. En este sentido, merece destacar la respuesta del gobierno de la Ciudad, que reaccionó con unas medidas de control adecuadas, aunque limitadas a sus instituciones, principalmente en lo que respecta al control del descarte.
Los farmacéuticos ahora validan que la medicación, el paciente, la dosis, la concentración y la frecuencia sean correctos. Cada ampolla o unidad que se entrega es contra indicación de un paciente concreto. Una vez aplicadas, las ampollas o cualquiera sea el envase original tienen que devolverse a la farmacia cerrados si no se utilizaron, vacíos si se utilizaron por completo o, de lo contrario, con la cantidad que no se haya aplicado y que habrá que descartar.
Pero el caso del anestesiólogo fallecido (más otros pasados que recién ahora adquieren notoriedad pública) se muestra en nuestro país como un caso policíaco cuando, más allá de serlo, nos señala una falla (una más) institucional y sanitaria. Muestra de fragilidad institucional, endeblez gubernamental, precariedad política y vulnerabilidad ciudadana. Como advertía Marc Lalonde, la salud de una comunidad se encuentra influida por determinantes estructurales y directos, por condicionantes biológicos, psicosociales y socioculturales que facilitan o dificultan las respuestas, y por factores predisponentes, vinculados a hábitos, actividades y situaciones que aumentan la probabilidad de determinados daños o enfermedades. Si no estamos en condiciones de garantizar la trazabilidad de elementos intrahospitalarios, de uso selectivo en quirófanos, poco cabe esperar de articulaciones logísticas más amplias.
La pregunta de fondo es sanitaria antes que tecnológica: cómo incorporar herramientas poderosas sin resignar equidad, seguridad ni confianza pública. El problema no es solo generar buenas ideas, sino cerrar la brecha entre innovación y adopción. Pero en nuestro país no hay brecha sino desgarro y regresión, que lleva a la actual indefensión sanitaria.
Indaguemos. ¿Quién nos cuida? ¿Quién orienta? ¿Quién supervisa? ¿Quién acredita/habilita/categoriza/capacita? ¿Quién evalúa? ¿Quién planifica? Son funciones indelegables del Estado la justicia, la seguridad, la educación y la salud; sin embargo, hoy asistimos a un Estado mutilado en sus capacidades de regulación y contralor del área sanitaria, mientras con frecuencia se pretende reducir su papel a una mera instancia de mediación. Cuando ello ocurre, se debilita la posibilidad misma de construir políticas sanitarias efectivas, ya que éstas sólo alcanzan consistencia cuando el Estado se involucra activamente en su definición, diseño e implementación. De ahí que la salud de la población deba reconocerse no sólo como un servicio, sino como una expresión inseparable de soberanía y dignidad.
Es decir, necesitamos un Gabinete Estratégico de Gestión Operacional, que englobe la gobernanza sanitaria de manera multidisciplinar y federal en todo el territorio nacional. Es indispensable que exista una estrategia única, que puede y debe expresarse en diversas fases, tácticas y abordajes a lo largo y ancho del país, pero con un mando central de coordinación con responsabilidad profesional y respaldo político.
Sería, entonces, una cogobernanza de gestión política-científica bajo la coordinación profesional de un gabinete nacional que actúe sobre la totalidad del territorio. De esta manera se unificarían criterios y responsabilidades, que deberían eludir la burocratización excesiva que traba la acción transformadora.
Se trata, en definitiva, de superar la anomia (llamada vulgarmente “fragmentación”) mediante un acuerdo sanitario público. Para ello, deben reformularse estrategias, asignar correctamente los recursos, contener los costos y preservar el capital humano con la homogeneización prestacional mediante “empresas públicas de servicios” en una Red Sanitaria de Utilización Pública sin distinción de titularidad jurídica. Estas deberían estar marcadas por el Observatorio Nacional de Salud en referencia al Ordenamiento Territorial, según una red operativa ajustada a los recursos profesionales, el parque tecnológico y una economía de escala, de manera tal que se cumpla con la finalidad de producir salud y consumir asistencia médica adecuada, oportuna y eficiente.

Bibliografía:
1) Fórmula sanitaria = Financiador + Prestador + Proveedor + Usuario / Coordinador (monitoreo + logística) (informática + comunicación).
2) Ecuación sanitaria = gobernanza + salud pública
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(*) Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Director Académico de la Maestría de Salud Pública y Seguridad Social de la Universidad del Aconcagua - Mendoza; Director de la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Concepción del Uruguay – UCU. Coautor junto al Dr. Vicente Mazzáfero de “Por una reconfiguración sanitaria pos-pandémica: epidemiología y gobernanza” (2020). Autor de “Una vida plena para los adultos mayores” (2024); “La Salud que no tenemos” (2019); “Argentina Hospital, el rostro oscuro de la salud” (2004-2018); “Claves jurídicas y asistenciales para la conformación de un Sistema Federal Integrado de Salud” (2012); “En búsqueda de la salud perdida” (2009); “La Fórmula Sanitaria” (2003).

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