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El Gobierno ha impulsado
recientemente una nueva reglamentación que obliga a registrar
los casos de insuficiencia renal y cáncer, incorporándolos al
Sistema Nacional de Vigilancia de Salud. Como cualquier medida
que apunta a un mayor registro y prevención es sumamente
positiva, y desde luego, se trata de enfermedades claves de la
sanidad. Pero al mismo tiempo, si no es acompañado de las
herramientas logísticas, profesionales y administrativas, la
iniciativa quedará a mitad de camino, desperdiciando su
potencial.
En más de una ocasión hemos advertido lo falaz de gestionar la
salud con normativas que no se traducen en procedimientos
concretos, como si se tratara de sacar una ley por cada
enfermedad. Desde luego que la gestión sanitaria debe contar con
un marco jurídico claro, pero su centralidad pasa por el
ejercicio profesional sostenido sobre estructuras físicas
(edilicias, instrumentales, insumos) y organizativas
(articulación entre efectores, comunicación intrainstitucional,
coordinación en red, y un largo etcétera) adecuadas y
actualizadas. Ello requiere, además, capacidades de
planificación estratégica, gobernanza institucional, monitoreo
evaluatorio y conducción operativa que permitan integrar
recursos, anticipar escenarios, ordenar prioridades y garantizar
respuestas eficientes en contextos de creciente complejidad
sanitaria.
La Enfermedad Renal Crónica (ERC) muestra un aumento sostenido a
nivel mundial, lo que llevó a la OMS a considerarla una
prioridad de salud pública. Actualmente es la novena causa de
muerte y se proyecta que podría ubicarse entre las cinco
primeras hacia 2040. En Argentina, se estima que 1 de cada 8
adultos presenta algún grado de ERC, afectando a cerca de cinco
millones de personas. Su evolución silenciosa genera un elevado
subdiagnóstico, ya que muchos pacientes desconocen la enfermedad
hasta etapas avanzadas.
Dado que el daño renal inicial suele ser silencioso, la
enfermedad debe buscarse activamente mediante estudios simples
de sangre y orina, lo cual no es difícil, pero necesita
iniciativa y constancia médica. La detección se basa en la Tasa
de Filtración Glomerular estimada, calculada a partir de la
creatinina en sangre, y en el Cociente Albúmina-Creatinina
urinario, que permite identificar daño renal precoz. Estos
estudios deberían darse con periodicidad en todas las personas a
partir de los 50 años, y obviamente antes si existen otros
factores de riesgo, como hipertensión, diabetes, obesidad y
enfermedad cardio- vascular. Tornándose prioritario, además,
frente al persistente aumento del envejecimiento poblacional.
Desde los aportes fundacionales del francés Jean Hamburger,
quien realizó en 1952 uno de los primeros trasplantes renales
exitosos, y de su discípulo Gabriel Richet, pionero en diálisis,
insuficiencia renal aguda y fisiología tubular, la nefrología
moderna desarrolló las herramientas que transformarían el
tratamiento de la enfermedad renal. En Argentina, ese impulso
tuvo una rápida recepción: en 1955 Alfonso Ruiz Guiñazú realizó
las primeras hemodiálisis con un riñón artificial construido en
el país, y en 1968 comenzó la hemodiálisis crónica en el CEMIC,
a cargo de Félix Etchegoyen, Luis Jost y Mario Turin.
La consolidación de la especialidad estuvo estrechamente ligada
a la visita de Hamburger en 1960 y al curso que dictó en Buenos
Aires, considerado un hito para la institucionalización de la
nefrología argentina. En ese contexto sobresalieron Víctor R.
Miatello y su grupo, junto con Oscar Morelli y Luis Moledo,
quienes impulsaron la investigación clínica, la biopsia renal,
la diálisis y la formación especializada, además de publicar uno
de los primeros tratados argentinos en la materia. Ese mismo año
se fundó la Sociedad Argentina de Nefrología, coincidiendo con
el surgimiento de la nefrología moderna como especialidad a
nivel mundial.
Hoy, frente a la profunda extranjerización industrial, la
diálisis acentúa la dependencia externa, al depender de
tecnologías e insumos importados que, además de encarecer los
costos, profundizan una dependencia tanto material como
cultural. Ya en 2007, según un informe del Ministerio de Salud
de la Nación, en el Registro Argentino de Pacientes en Diálisis
Crónica se contaban 25.000 personas; hoy ascienden a casi
40.000. El Registro de Centros de Diálisis indicaba entonces 471
unidades, de las cuales 394 eran privadas, entre multinacionales
y pymes médicas.
Si nos concentramos en la parte privada vinculada al capital
multinacional, vemos que estas empresas operan centros y
producen insumos, integrando verticalmente el negocio y
vendiendo a precios internacionales. El paciente queda así
reducido a “cliente cautivo”. La lógica de funcionamiento
concentra servicios en zonas densamente pobladas, favorece
circuitos intraempresa y puede derivar en dinámicas cuasi
monopólicas, con un volumen económico significativo.
Entre los insumos importados para diálisis figuran monitores,
bombas de agua, agujas de fístula, bicarbonato, cloruro de
sodio, resinas de intercambio iónico y filtros, entre otros. Lo
producido localmente (jeringas, vacunas antihepatitis B, hierro,
gasas) representa la franja de menor costo. Se evidencia así la
de- pendencia tecnológica externa. En este punto se expresa con
claridad la tensión entre una economía del conocimiento
subordinada a la mercantilización y la ausencia de autonomía
productiva, que sólo puede revertirse con industrias locales
capaces de generar empleo, conocimiento y bienes accesibles.
Frente a esta encrucijada, el financiamiento aparece en el
centro de la escena, aunque muchas veces subordinado a un
“sistema de enfermedad”, más que a un sistema integrado de
salud. En este último, el eje debería estar en criterios médicos
de prevención y diagnóstico temprano que eviten la llegada a la
diálisis. La clave es eludir el tobogán de la dependencia
permanente del “afuera”, fortaleciendo la prevención como
política sanitaria central.
La detección precoz y el tratamiento de protección renal son las
medidas más apropiadas para la enfermedad renal crónica (ERC).
Ello implica orientar recursos hacia pacientes con diabetes,
hipertensión, enfermedades cardiovasculares, periféricas,
cerebrovasculares, prostáticas, lupus y vasculitis, mediante
profesionales capacitados y métodos simples y de bajo costo,
basados fundamentalmente en estudios básicos de sangre y orina,
de amplia accesibilidad y alto rendimiento sanitario.
Para eso es necesario centralizar esa información en un Centro
Documental Dinámico con gestión de datos. A ello se suman la
educación sanitaria, los cambios de hábitos, el control
glucémico y el abandono del tabaco. Incluso, si bien el foco
debe estar en la prevención, se observa también un retroceso en
la visión de desarrollo del país que había en los años 60,
cuando se construían riñones artificiales localmente en sintonía
con la ciencia global.
Llevar adelante estas políticas evitaría el incremento de los
costos del tratamiento dialítico en un esquema donde gran parte
de las piezas provienen del exterior y se pagan a precio dólar.
Ante hospitales públicos fragmentados y un sector privado
heterogéneo entre pymes y multinacionales, resulta necesario
revertir la dependencia tecnológica mediante coordinación,
regulación y estrategia.
En este sentido, el Programa para el Abordaje Integral de la
Enfermedad Renal Crónica Avanzada (ERCA), creado en 2023, ha
desarrollado Consultorios de Enfermedad Renal Crónica Avanzada
(CERCA) en distintos centros del país, constituyendo nodos
relevantes a potenciar.
El laberinto del campo sanitario argentino debe articularse con
el Estado como garante y orientador de recursos, para evitar
inversiones antieconómicas guiadas por lógicas competitivas de
mercado no regulado. Este panorama muestra, una vez más, que no
habrá destino nacional sin un esfuerzo estratégico sostenido,
abandonando la recepción pasiva de tecnología que hoy profundiza
la deuda externa y social. Si un país no tiene libertad de
maniobra ni capacidad innovativa, por más bellas palabras que
pronunciemos, siempre estaremos limitados en nuestro desarrollo.
| (*)
Doctor en Medicina por
la Universidad de Buenos
Aires (UBA). Director
Académico de la Maestría
de Salud Pública y
Seguridad Social de la
Universidad del
Aconcagua - Mendoza;
Director de la Comisión
de Ciencia y Tecnología
de la Universidad de
Concepción del Uruguay –
UCU. Coautor junto al
Dr. Vicente Mazzáfero de
“Por una reconfiguración
sanitaria pos-pandémica:
epidemiología y
gobernanza” (2020).
Autor de “Una vida plena
para los adultos
mayores” (2024); “La
Salud que no tenemos”
(2019); “Argentina
Hospital, el rostro
oscuro de la salud”
(2004-2018); “Claves
jurídicas y
asistenciales para la
conformación de un
Sistema Federal
Integrado de Salud”
(2012); “En búsqueda de
la salud perdida”
(2009); “La Fórmula
Sanitaria” (2003). |
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