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 Columna

    

LA SANIDAD EN SITUACIÓN LÍMITE

“Forma parte del mecanismo de la dominación
prohibir el conocimiento del sufrimiento que produce”
Theodor W. Adorno

Por el Doctor Ignacio Katz


Una situación límite es un momento crítico y definitorio en la vida, donde las reglas comunes ya no sirven para resolver problemas. Tal descripción cabe al área sanitaria de nuestro país, aunque más no sea como modelo operativo para enfrentar una realidad crítica desde hace décadas. La situación cambió de nivel, hubo un salto cualitativo que requiere un nuevo enfoque con medidas urgentes.
El aumento de la tuberculosis, la sífilis, el Chagas, la des- nutrición, los problemas vinculados con la mala praxis (como las cesáreas, que alcanzan el 40% de los partos), el descontrol en algunas clínicas, institutos y laboratorios respecto del manejo de drogas (fentanilo, propofol), la aparición de médicos falsos atendiendo en ámbitos sensibles (escuelas, comisarías), y un largo etcétera, forman parte de una realidad que aparece de manera recurrente en los diarios.
Las alarmas se multiplican y potencian entre sí. No tenemos gobernanza, pero tampoco ciudadanos conscientes del significado de esta tendencia. No tenemos hospitales acordes con las exigencias contemporáneas, pero tampoco médicos que se correspondan con ellos. La hora actual exige una especial luminosidad mental frente a la oscuridad y el declive del ambiente institucional y sanitario. Nos vemos inmersos en un momento en el que la falta de organización del Sector Salud:

Genera la fragmentación de sus actores principales. Esto nos acerca a la anomia: un punto en el que se pierde el sentido de las normas, los procedimientos y sus fines.
Tampoco consolida el Sistema Federal Integrado de Salud ni un Observatorio de Salud que actúe como brújula y guía, al tiempo que se debilitan los vínculos, las responsabilidades y el tejido social que articula al sistema.
Y además carece de una planificación estratégica que articule armónicamente el sector público con el privado en redes cualificadas.

Es ahora cuando más necesitamos construir una nueva cosmovisión que nos lleve a la creación de procesos eficientes, equitativos y humanos. El educador argentino Gregorio Wienberg ya en 1999 iluminó un sendero señalando hacia el pasado y hacia el futuro. Al pasado, al advertir que necesitamos recuperar el optimismo que nos llegó de la Ilustración y el Positivismo. Y al futuro que implican los avances inéditos del desarrollo científico y tecnológico puestos al servicio de la vida humana.
Se trata de un aspecto medular que requiere una honda reflexión sobre los actuales adelantos, que en el campo de la medicina nos llevan a una clara dualidad entre una gran oportunidad y un gran riesgo. Oportunidad de incorporarlos al sistema productivo de la salud, y riesgo de que su utilización acrítica sea un agregado más a la ya fragmentada y desigual estructura sociosanitaria.
Ya desde la segunda mitad del siglo XX existen profundas transformaciones que introdujeron sólidas herramientas para el diagnóstico y los tratamientos, que obligan a modificar la cosmogonía sanitaria, es decir, la interacción de los componentes que la constituyen, y que a partir de allí deberían adquirir características operativas de gestión.
Nuestra realidad actual y local nos sitúa a contramano. Socavamos los pocos nodos de producción científica y tecno- lógica que nos quedan. La inversión en ciencia y tecnología es la más baja desde 1972, en términos de porcentaje del PBI, que apenas llega al 0,15 por ciento. El prestigioso doctor en física Carlos Balseiro habla de vaciamiento. Particularmente señala la situación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), donde los jóvenes investigadores no cubren sus necesidades básicas con sus emolumentos, pero tampoco cuentan con proyectos desafiantes y un horizonte de crecimiento. La participación de privados es fundamental, argumenta, pero insuficiente sin la participación estatal.
Su conclusión es tajante: “Si el Estado se retira y se destruye la base científica y tecnológica, no solo se pierden capacidades y talento: se compromete la soberanía, se profundiza la dependencia del conocimiento externo, se hipoteca el futuro de las próximas generaciones y se abandona toda posibilidad de ser actores económicos globales”.
Por otro lado, el actual enfoque de “oferta” de salud coloca al paciente en el lugar de consumidor, desplegándole una serie de opciones de compra de servicios y medicamentos nuevos con precios fuera de escala. Esta lógica de mercado desplaza, tanto la responsabilidad estatal de prefigurar la atención médica, como la responsabilidad del médico de prescribir la indicación adecuada, fundada en su formación y en la correspondiente responsabilidad asimétrica: dando lugar a un mercadeo donde intervienen farmacéuticas y prepa- gas. Al paciente se le enumeran las opciones, pero no cuenta con la preparación profesional ni la distancia personal para evaluarlas con la rigurosidad que requieren.
Por no hablar del chantaje económico-emocional (si no elegís la opción más cara estarías privilegiando el bolsillo sobre la salud) y de la rasa exclusión social que el nivel económico implica. Cuando, además, no pocas veces el problema es el inverso: alguien no puede acceder a la opción más onerosa que resultaría necesaria, mientras que alguien opta por ella al poder pagarla (a veces a costa de un sacrificio importante) pero termina resultando innecesario o hasta perjudicial.
Podemos y debemos exigir responsabilidad e idoneidad a los médicos, así como a otros actores del área sanitaria, pero no podemos pretender que se estructure una proyección de transformación superadora desde la voluntad de los agentes particulares. Son las políticas públicas las que trazan el camino a recorrer. Para el ejemplo anterior, se trata de una Agencia de Evaluación Tecnológica idónea y operativa, con evaluación cruzada y constante.
A propósito de políticas públicas, hace unas tres décadas ya advertía Carlos Matus, el principal exponente de la visión estratégica de América Latina, algunos problemas de la gestión política que siguen siendo plenamente válidos al día de hoy, y que podemos vincular más específicamente a la gobernanza sanitaria:

1. La política está desenfocada: genera sus propios problemas y se enfoca en ellos y no en los problemas de la comunidad. Es decir: La política se ocupa de los problemas de la política y no de los problemas sociales reales.
2. Las dirigencias políticas creen que alcanza con improvisación, experiencia y formación profesional. No se interiorizan en los saberes y prácticas específicas de la gobernanza, en técnicas de gobierno. No saben que no saben.
3. Existe un sistema de baja responsabilidad. Nadie rinde cuentas por su desempeño frente a nadie. Facilita la mediocridad, la falta de ética y la corrupción. Esto es: La corrupción es un subproducto de la mediocridad.
4. Los partidos políticos se reducen a funcionar como clubes electorales. No asumen la dimensión de formación. Facilitan la dilución de sus líneas ideológicas definidas.
No se preocupan de la formación de sus líderes, no capacitan a sus dirigentes ni a sus militantes. Faltan cuadros que aseguren idoneidad, responsabilidad y honestidad.

En síntesis, la situación actual obliga a repensar el Estado y aceptar que gobernar es crear instituciones capaces de componer tanto las normas como los procedimientos, con el fin de obtener un funcionamiento que gestione problemas concretos y que prevea y limite devenires no deseados. Y al nivel de la salud pública falta una “mesa de trabajo” donde se diseñe un plan estratégico, con plazos y objetivos que respondan a una secuencia prioritaria. Pues no sirve discutir políticas sin disponer de órganos operativos idóneos, capaces de accionar en correspondencia con las finalidades requeridas. Al decir de Antoine de Saint-Exupéry: “Un objetivo sin un plan, es solo un deseo”.


(*) Doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Director Académico de la Maestría de Salud Pública y Seguridad Social de la Universidad del Aconcagua - Mendoza; Director de la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Concepción del Uruguay – UCU. Coautor junto al Dr. Vicente Mazzáfero de Por una reconfiguración sanitaria pos-pandémica: epidemiología y gobernanza (2020). Autor de El hombre que señala (2026); Una vida plena para los adultos mayores (2024); La Salud que no tenemos (2019); Argentina Hospital, el rostro oscuro de la salud (2004-2018); Claves jurídicas y asistenciales para la conformación de un Sistema Federal Integrado de Salud (2012); En búsqueda de la salud perdida (2009); La Fórmula Sanitaria (2003); Al gran pueblo argentino Salud. Una propuesta operativa integradora (1998).

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