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 Columna

    
EL MODELO DE EVANS:
UNA HERRAMIENTA PARA ENTENDER POR QUÉ LOS SISTEMAS DE SALUD SE PARECEN MÁS DE LO QUE PARECE

  
Por el Dr. Carlos Felice (*)


Cuando uno se pone a comparar sistemas de salud de distintos países, lo primero que salta a la vista son las diferencias. Un país financia su sistema con impuestos generales, otro con contribuciones al seguro social, otro deja que buena parte del gasto recaiga directamente en el bolsillo de la gente. Unos les pagan a los médicos por acto médico, otros por capitación, otros con salario fijo.
En algunos casos el Estado es dueño de los hospitales y emplea directamente al personal; en otros, se limita a comprar servicios a prestadores privados. Y por si fuera poco, la forma de regular todo esto también varía: hay países que controlan de cerca cada movimiento del sistema y otros que prefieren dejar que el mercado, o algo parecido a un mercado, ordene las cosas.
Frente a este panorama, es tentador concluir que cada sistema de salud es un caso único, tan enraizado en su propia historia política y cultural que no tiene mucho sentido compararlo con otros. Es más o menos la primera impresión que uno se lleva al leer el estudio de la OCDE sobre las reformas de salud en siete países europeos: Bélgica, Francia, Alemania, Irlanda, Holanda, España y el Reino Unido parecen, a primera vista, siete mundos distintos.
Y sin embargo, ahí es donde entra en juego el modelo de Evans, y donde el asunto se pone interesante.

La apuesta de Evans: menos variedad de la que aparenta

Robert Evans planteó algo que, dicho así, suena casi obvio, pero que en la práctica cambia por completo la manera de mirar un sistema de salud: toda esa diversidad que observamos a simple vista está construida, en el fondo, con muy pocas piezas. Hay un número limitado de subsistemas posibles de financiación, de pago a los prestadores y de regulación, y lo que distingue a un país de otro no es que use piezas completamente distintas, sino la combinación particular que hace de ellas y cuál de esas piezas termina dominando sobre las demás.
Dicho de otro modo: en lugar de tratar a cada sistema nacional como una caja negra irrepetible, el modelo propone abrirla y mirar qué hay adentro. Y lo que hay adentro, según Evans, son flujos de recursos y de servicios que se pueden rastrear, describir y comparar entre países, aunque el envoltorio institucional sea distinto en cada caso.

¿Por qué mirar el dinero?

Lo interesante de este enfoque es que pone el centro de atención en algo muy concreto: cómo se mueve la plata. Quién la pone, quién la administra, cómo llega hasta el prestador que finalmente atiende al paciente. No es un detalle menor ni una elección arbitraria. Buena parte de las tensiones que definen a un sistema de salud -el pulso entre lo público y lo privado, las peleas entre niveles de gobierno, los conflictos entre quien paga y quien presta el servicio- terminan siendo, en el fondo, disputas por controlar esos flujos financieros. Seguir el rastro del dinero, entonces, no es solo un ejercicio contable: es una forma bastante directa de entender quién tiene poder dentro del sistema y quién no.

Una herramienta útil también para reformar

El modelo no se queda solo en el plano descriptivo. Sirve, sobre todo, para pensar reformas. Si uno logra identificar cuáles son los subsistemas que realmente dominan en un país determinado, puede empezar a preguntarse con más precisión qué tan bien o mal le está funcionando ese arreglo particular frente a objetivos como la cobertura universal, el control del gasto o la calidad de la atención.
Y a partir de ahí, resulta mucho más manejable anticipar qué pasaría si se modifica una sola pieza -cambiar la forma de pago a los médicos, por ejemplo, o mover el peso del financiamiento de los impuestos hacia el seguro social- sin tener que rediseñar el sistema entero desde cero. Esa capacidad de análisis por partes, más que por bloques completos, es probablemente la razón principal por la que este modelo terminó siendo tan usado en estudios comparados como el que dio origen al texto que estamos comentando.

Como conclusión

Lo que propone Evans, en el fondo, es un cambio de mirada bastante sencillo, pero con consecuencias grandes: dejar de ver los sistemas de salud como bloques monolíticos e inconmensurables entre sí, y empezar a verlos como combi- naciones de un puñado de subsistemas que se repiten, con variantes, de país en país.
Décadas después de formulado, el modelo sigue siendo útil precisamente por eso: porque para entender de verdad un sistema de salud no alcanza con describirlo como un todo, hay que seguir el rastro de cómo se mueven los recursos adentro de él y quién termina quedándose con el control de ese movimiento.

 

(*) Abogado. Especialista en Sistemas de Salud. Presidente de Obra Social del Personal de la Actividad del Turf (OSPAT) y Secretario General de Unión de Trabajadores del Turf y Afines (UTTA)
 
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