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 Columna

    
EL DESAFÍO DEL BUEN MORIR, ENTRE LA DIGNIDAD, LOS CUIDADOS PALIATIVOS Y LOS LÍMITES DE LA MEDICINA
  
Por el Dr. Carlos Felice (*)


La medicina moderna ha logrado extender la expectativa de vida como nunca antes en la historia. Sin embargo, el aumento de los años vividos también nos enfrenta a nuevas preguntas éticas, sanitarias y humanas. Entre ellas, una de las más complejas es cómo acompañar el final de la vida cuando la mejora ya no es posible.
El debate sobre la eutanasia, la muerte digna y los cuidados paliativos exige menos consignas y más reflexión. Quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué significa realmente acompañar a una persona en el último tramo de su existencia.
La salud suele asociarse naturalmente con la prevención, el diagnóstico, el tratamiento y la recuperación. Quienes trabajamos en el sistema sanitario dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos a preservar la vida, aliviar el sufrimiento y ampliar las oportunidades de bienestar de las personas. Sin embargo, existe una dimensión de la atención que históricamente ha quedado relegada en el debate público: la forma en que tratamos el final de la vida.
La muerte es una realidad inevitable para todos los seres humanos. Aun así, nuestras sociedades modernas han desarrollado una relación cada vez más distante con ella. En muchos casos, el proceso de morir ha quedado absorbido por la lógica hospitalaria, tecnológica y asistencial. Lo que durante siglos ocurrió en el ámbito familiar hoy suele desarrollarse en instituciones sanitarias, rodeado de procedimientos, dispositivos y protocolos.
Este fenómeno ha generado enormes avances médicos, pero también nuevos interrogantes. ¿Hasta dónde debe llegar el esfuerzo terapéutico cuando ya no existe posibilidad razonable de recuperación? ¿Cómo garantizar que el paciente conserve su autonomía y su dignidad? ¿Qué papel tienen la familia, los profesionales de la salud y las instituciones en ese momento? ¿Puede el sistema sanitario acompañar el final de la vida sin convertirlo exclusivamente en un problema técnico?
Estas preguntas cobran especial relevancia en un contexto de envejecimiento poblacional. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, la cantidad de personas mayores de 60 años seguirá creciendo de manera sostenida durante las próximas décadas. Al mismo tiempo, aumentan las enfermedades crónicas, neurodegenerativas y oncológicas que requieren largos procesos de atención y acompañamiento.
En este escenario, la discusión sobre la eutanasia reaparece periódicamente en distintos países. Algunos han avanzado en su legalización bajo determinadas condiciones, mientras otros mantienen enfoques restrictivos o priorizan exclusivamente los cuidados paliativos. Más allá de las posiciones jurídicas o filosóficas que puedan adoptarse, se trata de un debate que merece ser abordado con seriedad, respeto y dignidad.
Con frecuencia, la conversación pública sobre la eutanasia queda atrapada en una falsa dicotomía. Por un lado, quienes la presentan como una expresión absoluta de autonomía individual. Por otro, quienes la consideran incompatible con la misión de la medicina. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja que cualquier simplificación.
Antes de discutir cómo debe actuar una sociedad frente a los casos más extremos, resulta imprescindible analizar si estamos garantizando adecuadamente algo más básico: el acceso universal a los cuidados paliativos.
La evidencia internacional muestra que millones de personas en todo el mundo atraviesan enfermedades avanzadas con dolor físico, sufrimiento emocional y escaso acompañamiento especializado. La propia OMS sostiene que los cuidados paliativos constituyen un componente esencial de los sistemas de salud y un derecho de las personas que enfrentan enfermedades que amenazan la vida.
Su objetivo no es acelerar ni tratar la muerte. Su finalidad es aliviar el sufrimiento, controlar síntomas, brindar apoyo psico- lógico, social y espiritual, y acompañar tanto al paciente como a su familia durante todo el proceso.
Cuando estos dispositivos funcionan adecuadamente, muchas de las angustias asociadas al final de la vida encuentran respuestas concretas. El dolor puede ser tratado. La ansiedad puede ser contenida. Los temores pueden ser escuchados. Las decisiones pueden ser conversadas. La persona puede recuperar parte del control sobre una situación que suele vivirse con enorme vulnerabilidad.
Sin embargo, la disponibilidad de estos servicios continúa siendo insuficiente en numerosos sistemas sanitarios. La Argentina ha dado pasos importantes con la sanción de la Ley Nacional de Cuidados Paliativos y con el reconocimiento de los derechos vinculados a la muerte digna. No obstante, persisten desigualdades territoriales, limitaciones en la formación profesional y dificultades de acceso que todavía deben ser abordadas.
Por eso, cuando hablamos del buen morir, probablemente el punto de partida no deba ser la discusión sobre cómo provocar la muerte, sino cómo evitar el sufrimiento innecesario durante la vida que resta.
Existe otro aspecto que merece atención. La medicina contemporánea dispone de recursos tecnológicos extraordinarios capaces de prolongar funciones biológicas durante períodos prolongados. Sin embargo, la posibilidad técnica de realizar una intervención no implica necesariamente que dicha intervención sea siempre adecuada para el paciente.
Desde hace años, la bioética advierte sobre los riesgos de la denominada obstinación terapéutica o encarnizamiento terapéutico. Se trata de situaciones en las que se aplican medidas desproporcionadas que prolongan procesos irreversibles sin expectativas razonables de mejoría, generando sufrimiento adicional para la persona y su entorno.
Reconocer los límites de la medicina no significa abandonar al paciente. Por el contrario, implica comprender que cuidar adopta distintas formas según el momento que atraviesa cada persona. Hay etapas en las que curar es el objetivo principal. Hay otras en las que acompañar, aliviar y respetar la voluntad del paciente se convierten en la expresión más profunda del cuidado.
La seguridad social tiene mucho para aportar en este terreno. Tradicionalmente se la ha concebido como un mecanismo de protección frente a contingencias como la enfermedad, la discapacidad o la vejez. Pero también puede desempeñar un papel relevante en la promoción de una atención integral durante el final de la vida.
Esto supone fortalecer redes de cuidados paliativos, facilitar dispositivos de internación domiciliaria cuando las condiciones lo permitan, brindar apoyo psicológico a las familias, promover la capacitación de los equipos de salud y garantizar que las personas conozcan efectivamente los derechos que la legislación les reconoce.
También implica recuperar una dimensión muchas veces olvidada: la conversación. Mencionar la muerte continúa siendo un tema difícil para pacientes, familiares y profesionales. Sin embargo, evitar esas conversaciones no elimina los problemas; simplemente posterga decisiones que suelen volverse más difíciles cuando las circunstancias son críticas.
La dignidad humana no depende únicamente de la capacidad de curarse. También se expresa en la posibilidad de ser escuchado, respetado y acompañado cuando la curación ya no es posible.
El debate sobre la eutanasia continuará presente en las próximas décadas. Es probable que las sociedades sigan explorando distintas respuestas frente a situaciones excepcionales y profundamente dolorosas. Pero cualquiera sea la posición que se adopte sobre ese tema, existe un consenso cada vez más amplio acerca de una cuestión fundamental: ninguna persona debería enfrentar el final de su vida con dolor evitable, abandono del sistema de salud.
Quizá el verdadero desafío de nuestros sistemas de salud no sea únicamente prolongar la vida, sino garantizar que cada etapa de ella, incluida la última, pueda transitarse con humanidad,
respeto y dignidad.


Porque cuidar no consiste solamente en agregar días a la vida. También consiste en agregar vida a los días que quedan.

 

(*) Abogado. Especialista en Sistemas de Salud. Presidente de Obra Social del Personal de la Actividad del Turf (OSPAT) y Secretario General de Unión de Trabajadores del Turf y Afines (UTTA)
 
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