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La medicina moderna ha logrado extender la expectativa de vida
como nunca antes en la historia. Sin embargo, el aumento de los
años vividos también nos enfrenta a nuevas preguntas éticas,
sanitarias y humanas. Entre ellas, una de las más complejas es
cómo acompañar el final de la vida cuando la mejora ya no es
posible.
El debate sobre la eutanasia, la muerte digna y los cuidados
paliativos exige menos consignas y más reflexión. Quizá haya
llegado el momento de preguntarnos qué significa realmente
acompañar a una persona en el último tramo de su existencia.
La salud suele asociarse naturalmente con la prevención, el
diagnóstico, el tratamiento y la recuperación. Quienes
trabajamos en el sistema sanitario dedicamos gran parte de
nuestros esfuerzos a preservar la vida, aliviar el sufrimiento y
ampliar las oportunidades de bienestar de las personas. Sin
embargo, existe una dimensión de la atención que históricamente
ha quedado relegada en el debate público: la forma en que
tratamos el final de la vida.
La muerte es una realidad inevitable para todos los seres
humanos. Aun así, nuestras sociedades modernas han desarrollado
una relación cada vez más distante con ella. En muchos casos, el
proceso de morir ha quedado absorbido por la lógica
hospitalaria, tecnológica y asistencial. Lo que durante siglos
ocurrió en el ámbito familiar hoy suele desarrollarse en
instituciones sanitarias, rodeado de procedimientos,
dispositivos y protocolos.
Este fenómeno ha generado enormes avances médicos, pero también
nuevos interrogantes. ¿Hasta dónde debe llegar el esfuerzo
terapéutico cuando ya no existe posibilidad razonable de
recuperación? ¿Cómo garantizar que el paciente conserve su
autonomía y su dignidad? ¿Qué papel tienen la familia, los
profesionales de la salud y las instituciones en ese momento?
¿Puede el sistema sanitario acompañar el final de la vida sin
convertirlo exclusivamente en un problema técnico?
Estas preguntas cobran especial relevancia en un contexto de
envejecimiento poblacional. Según datos de la Organización
Mundial de la Salud, la cantidad de personas mayores de 60 años
seguirá creciendo de manera sostenida durante las próximas
décadas. Al mismo tiempo, aumentan las enfermedades crónicas,
neurodegenerativas y oncológicas que requieren largos procesos
de atención y acompañamiento.
En este escenario, la discusión sobre la eutanasia reaparece
periódicamente en distintos países. Algunos han avanzado en su
legalización bajo determinadas condiciones, mientras otros
mantienen enfoques restrictivos o priorizan exclusivamente los
cuidados paliativos. Más allá de las posiciones jurídicas o
filosóficas que puedan adoptarse, se trata de un debate que
merece ser abordado con seriedad, respeto y dignidad.
Con frecuencia, la conversación pública sobre la eutanasia queda
atrapada en una falsa dicotomía. Por un lado, quienes la
presentan como una expresión absoluta de autonomía individual.
Por otro, quienes la consideran incompatible con la misión de la
medicina. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja
que cualquier simplificación.
Antes de discutir cómo debe actuar una sociedad frente a los
casos más extremos, resulta imprescindible analizar si estamos
garantizando adecuadamente algo más básico: el acceso universal
a los cuidados paliativos.
La evidencia internacional muestra que millones de personas en
todo el mundo atraviesan enfermedades avanzadas con dolor
físico, sufrimiento emocional y escaso acompañamiento
especializado. La propia OMS sostiene que los cuidados
paliativos constituyen un componente esencial de los sistemas de
salud y un derecho de las personas que enfrentan enfermedades
que amenazan la vida.
Su objetivo no es acelerar ni tratar la muerte. Su finalidad es
aliviar el sufrimiento, controlar síntomas, brindar apoyo psico-
lógico, social y espiritual, y acompañar tanto al paciente como
a su familia durante todo el proceso.
Cuando estos dispositivos funcionan adecuadamente, muchas de las
angustias asociadas al final de la vida encuentran respuestas
concretas. El dolor puede ser tratado. La ansiedad puede ser
contenida. Los temores pueden ser escuchados. Las decisiones
pueden ser conversadas. La persona puede recuperar parte del
control sobre una situación que suele vivirse con enorme
vulnerabilidad.
Sin embargo, la disponibilidad de estos servicios continúa
siendo insuficiente en numerosos sistemas sanitarios. La
Argentina ha dado pasos importantes con la sanción de la Ley
Nacional de Cuidados Paliativos y con el reconocimiento de los
derechos vinculados a la muerte digna. No obstante, persisten
desigualdades territoriales, limitaciones en la formación
profesional y dificultades de acceso que todavía deben ser
abordadas.
Por eso, cuando hablamos del buen morir, probablemente el punto
de partida no deba ser la discusión sobre cómo provocar la
muerte, sino cómo evitar el sufrimiento innecesario durante la
vida que resta.
Existe otro aspecto que merece atención. La medicina
contemporánea dispone de recursos tecnológicos extraordinarios
capaces de prolongar funciones biológicas durante períodos
prolongados. Sin embargo, la posibilidad técnica de realizar una
intervención no implica necesariamente que dicha intervención
sea siempre adecuada para el paciente.
Desde hace años, la bioética advierte sobre los riesgos de la
denominada obstinación terapéutica o encarnizamiento
terapéutico. Se trata de situaciones en las que se aplican
medidas desproporcionadas que prolongan procesos irreversibles
sin expectativas razonables de mejoría, generando sufrimiento
adicional para la persona y su entorno.
Reconocer los límites de la medicina no significa abandonar al
paciente. Por el contrario, implica comprender que cuidar adopta
distintas formas según el momento que atraviesa cada persona.
Hay etapas en las que curar es el objetivo principal. Hay otras
en las que acompañar, aliviar y respetar la voluntad del
paciente se convierten en la expresión más profunda del cuidado.
La seguridad social tiene mucho para aportar en este terreno.
Tradicionalmente se la ha concebido como un mecanismo de
protección frente a contingencias como la enfermedad, la
discapacidad o la vejez. Pero también puede desempeñar un papel
relevante en la promoción de una atención integral durante el
final de la vida.
Esto supone fortalecer redes de cuidados paliativos, facilitar
dispositivos de internación domiciliaria cuando las condiciones
lo permitan, brindar apoyo psicológico a las familias, promover
la capacitación de los equipos de salud y garantizar que las
personas conozcan efectivamente los derechos que la legislación
les reconoce.
También implica recuperar una dimensión muchas veces olvidada:
la conversación. Mencionar la muerte continúa siendo un tema
difícil para pacientes, familiares y profesionales. Sin embargo,
evitar esas conversaciones no elimina los problemas; simplemente
posterga decisiones que suelen volverse más difíciles cuando las
circunstancias son críticas.
La dignidad humana no depende únicamente de la capacidad de
curarse. También se expresa en la posibilidad de ser escuchado,
respetado y acompañado cuando la curación ya no es posible.
El debate sobre la eutanasia continuará presente en las próximas
décadas. Es probable que las sociedades sigan explorando
distintas respuestas frente a situaciones excepcionales y
profundamente dolorosas. Pero cualquiera sea la posición que se
adopte sobre ese tema, existe un consenso cada vez más amplio
acerca de una cuestión fundamental: ninguna persona debería
enfrentar el final de su vida con dolor evitable, abandono del
sistema de salud.
Quizá el verdadero desafío de nuestros sistemas de salud no sea
únicamente prolongar la vida, sino garantizar que cada etapa de
ella, incluida la última, pueda transitarse con humanidad,
respeto y dignidad.
Porque cuidar no consiste solamente en agregar días a la vida.
También consiste en agregar vida a los días que quedan.
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