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El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), creado
por la Ley Bases (Ley 27.742) en junio de 2024, define en su
artículo 167 ocho sectores habilitados para acceder a treinta
años de estabilidad tributaria, aduanera y cambiaria:
forestoindustria, turismo, infraestructura, minería, tecnología,
siderurgia, energía, y petróleo y gas. La salud no figura entre
ellos. Tampoco la incorpora el proyecto de ampliación en
tratamiento en el Senado -el “Súper RIGI”-: apunta a
inteligencia artificial, semiconductores, baterías de litio,
centros de datos, hidrógeno y biotecnología, esta última
entendida como producción y exportación biotecnológica, no como
inversión en el sistema de salud, su infraestructura o su fuerza
de trabajo. Ninguno de los proyectos aprobados hasta la fecha
-concentrados en minería y energía- pertenece, siquiera de
manera cercana, al sector salud.
La omisión no es un detalle técnico: revela una jerarquía sobre
qué actividades el Estado argentino considera merecedoras de
treinta años de certidumbre jurídica y fiscal, y cuáles no.
Mientras se construía este régimen de excepción, el gasto
público consolidado caía 6 puntos del PBI en un año -la mayor
contracción desde 2002- y, dentro de esa caída, salud, ciencia y
protección social aportaron el 69% del ajuste.
La ejecución del Ministerio de Salud se contrajo 36% en términos
reales; la Superintendencia de Servicios de Salud, entre 61% y
72%; el Instituto Nacional del Cáncer, 51%. El Plan Remediar
redujo su vademécum de 79 a 3 medicamentos. La mortalidad
infantil subió 6,25% en un año, el mayor incremento desde 2002,
y la cobertura de la vacuna triple viral cayó a 46,7%, muy por
debajo del umbral de inmunidad de rebaño. El costo fiscal del
RIGI en régimen pleno -entre 1% y 1,27% del PBI anual, según la
fuente- equivale a más de cinco veces lo que la Argentina
destina hoy a toda su función de ciencia y tecnología, CONICET
incluido.
Esto no es un fenómeno nuevo. Desde los tiempos en que la Ley
Avellaneda de 1876 abrió el país al capital ferroviario y
frigorífico británico, la historia económica registra al menos
otros siete episodios en que la apertura extraordinaria a los
grandes inversores coincidió con una restricción del gasto
sanitario, científico, educativo o social. El Pacto Roca-Runciman
de 1933 garantizó una cuota de exportación de carnes a los
frigoríficos británicos mientras el Estado no desarrollaba una
política equivalente de auxilio a la población desempleada por
la Gran Depresión. La apertura financiera de la autodenominada
Revolución Libertadora, en 1956, coincidió con la degradación
del Ministerio de Salud a Secretaría de Estado y con la mayor
epidemia de poliomielitis de la historia argentina: 6.496 casos
notificados ese año, con una letalidad de 33,7%.
Los contratos petroleros de Frondizi, en 1959, convivieron con
una caída de 25% en los salarios reales. La represión
universitaria de 1966 -cerca de 1.300 investigadores exiliados o
renunciados- se acompañó de nuevos incentivos a la inversión
extranjera. La última dictadura combinó apertura financiera con
la transferencia de escuelas primarias a las provincias sin los
recursos para sostenerlas. La Convertibilidad transfirió, entre
1991 y 1993, treinta hospitales nacionales a las provincias sin
financiamiento proporcional -una reforma condicionada por el
Banco Mundial-, en el mismo período en que el cólera reaparecía
en el país después de un siglo: 4.372 casos y 60 muertes entre
1992 y 1996. Y el primer año del gobierno de Macri recortó 11,3%
el presupuesto del CONICET. En ninguno de estos ocho episodios,
ni en el actual, la salud fue la que recibió el capital: fue,
sistemáticamente, la que absorbió el ajuste.
Que esta correlación no equivalga a una prueba de causalidad no
la vuelve irrelevante. La literatura internacional sobre
austeridad y salud documenta, en decenas de países, una relación
de dosis-respuesta entre la magnitud del ajuste fiscal y la
magnitud del daño sanitario: a mayor recorte, mayor deterioro
medible, desde brotes de VIH hasta aumento de suicidios: el daño
no proviene únicamente de la recesión, sino de qué decide
recortar el Estado en respuesta a ella (Karanikolos et al., The
Lancet, 2013). Los sistemas de salud des- financiados, además,
tardan entre diez y quince años en recuperar la capacidad
perdida, incluso revertida la política que originó el recorte (Haldane
et al., Nature Medicine, 2021). Y los propios multiplicadores
fiscales en recesión -mayores a 1, según Blanchard y Leigh
(2013)- muestran que ajustar sobre el sector de mayor empleo,
capilaridad territorial y capacidad de respuesta no es solo
inequitativa: es fiscalmente ineficiente.
El horizonte de treinta años que el RIGI garantiza al capital
tampoco es un detalle menor para la salud. Es, casi con
exactitud, el tramo en que se cierra la ventana de bono
demográfico y se duplica la brecha no contributiva del sistema
previsional. El mismo período en que el sistema de salud más va
a necesitar margen fiscal propio es el que el Estado ya
comprometió por ley a favor de sectores que no la incluyen.
Con un siglo y medio de historia y esa evidencia internacional,
el deterioro de los indicadores sanitarios argentinos en
2024-2026 no debería sorprender: es, estadísticamente, lo
esperable cuando un Estado diseña, una vez más, un régimen de
treinta años de certezas para el capital y ninguna certidumbre
equivalente para la salud de sus ciudadanos de a pie. Por
supuesto, nada de esto implica que Argentina deba cerrarse a la
inversión extranjera, ni que los incentivos fiscales sean
ilegítimos por definición.
La pregunta que queda planteada no es si conviene atraer
inversión de gran escala, sino a cambio de qué, sostenida
renunciando a qué, y con qué condiciones de retorno social.
Mientras esa pregunta siga sin respuesta, la salud, la ciencia y
la protección social argentinas seguirán esperando su propio
régimen de incentivo
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