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Es posible -y deseable- que este no sea el único artículo que
toque este tema en este ejemplar de la revista. También es
factible -y probable- que el asunto haya pasado al archivo de
las cosas olvidadas por la urgencia cotidiana.
Son innegables la efectividad y los beneficios sanitarios y
económicos de las vacunas, y resulta innecesario mencionarlo en
este ámbito. Pero el evento o acto antivacunas del pasado 27/11
excede el terraplanismo de sus mentores para interpelarnos en
torno a cuestiones más troncales: particularmente -y una vez
más- acerca del papel del Estado en el cuidado y resguardo de la
salud de la población.
Sólo cinco años después de haber atravesado una pandemia, a la
semana epidemiológica 46 (09 al 15/11/25), el Boletín
Epidemiológico Nacional informa para 2025 un incremento del 258%
en los casos con- firmados de Coqueluche con relación a la
mediana 2020 - 2024; 279% para Hepatitis A y del 1.650% (no es
un error: mil seiscientos cincuenta %) para los casos
confirmados de sarampión en la misma relación temporal. (1)
Tomadas en conjunto, las tasas de cobertura de las vacunas más
importantes (triple viral, IPV, DTP, Varicela, VPH, Meningococo,
descendieron entre 2023 y 2024 de un promedio del 58,3% al
49,8%. El cambio metodológico introducido en noviembre
(cobertura amplia- da por cohorte) lo lleva al 72%. (2)
Más allá de que es imposible una comparación cuando se interpone
un cambio metodológico, aun tomando como válido el último dato,
estaríamos muy lejos del objetivo del 95%. Por lo pronto, y para
la misma fecha de notificación del cambio, se notificaron 7
fallecimientos por coqueluche y se alertó por circulación de
casos confirmados de sarampión. Sólo uno de cada dos niños de
entre 5 y 6 años recibieron las dosis obligatorias en el inicio
del ciclo escolar.
En ese contexto, lo que resulta inadmisible no es la opinión
trasnochada de un negacionista, sino que el Congreso Nacional
acepte albergar un evento de estas características. ¿Cuál es la
cualidad de una convocatoria que cuestiona sin fundamento ni
evidencia una de las certezas más firmes sobre las que se
asientan millones de vidas salvadas como para ocupar un recinto
ni más ni menos que en la Cámara de Diputados de la Nación?
¿O acaso no fue ese mismo Congreso el que alguna vez sancionó en
torno al derecho a la información adecuada y veraz en materia de
salud? (Art. 42 C.N). Porque no se trató de la potestad de un
represen- tante para presentar un proyecto de ley, lo que
hubiera requerido la presentación formal y su tratamiento para
estudio y dictamen, sino de un burdo acto propagandístico cuyo
riesgo principal es el propagar información no fundada y por
ende peligrosa.
Hubo organizaciones de la sociedad civil y entidades
profesionales que hicieron sonar voces de alarma. Pero el gran
ausente, antes y después de la convocatoria fue el propio
Ministerio de Salud. Porque no alcanza con emitir un comunicado
que sustente una opinión diferente.
Lo esperable, por parte de la autoridad rectora en salud debería
haber sido la descalificación, la condena y la denuncia frente a
un acto propagandístico que cuestiona los fundamentos de una ley
nacional (Ley 27.491) que establece que las vacunas incluidas en
el Calendario Nacional de Vacunación son obligatorias y
gratuitas para todos los habitantes del país.
Y si el acto en sí mismo atenta contra toda evidencia y desoye
el marco normativo, la cesión de la Cámara de Diputados como
sede para lo que podría considerarse un posible llamamiento a la
desobediencia civil resulta insólita y ofensiva. De allí que no
se trate sólo de la emisión de un mensaje antivacunas sino de un
acto que vulnera consensos democráticos que creímos
establecidos.
Lo que conduce al meollo de la cuestión: el alcance y los
límites de la intervención del Estado en salud, aun en el
contexto de una administración que sostiene el predominio de lo
individual por encima de lo colectivo.
Si bien las personas competentes tienen el derecho a decidir por
sí mismas sobre su cuerpo y su vida (Principio de Autonomía) el
poder coercitivo de la ley puede interferir en la libertad de
acción de un individuo cuando de lo que se trata es prevenir el
daño a terceros, porque la no intervención pondría en peligro
cierto la vida o la salud de la comunidad. (Mill, John Stuart.
Sobre la Libertad - 1859), siendo esta la justificación para
impedir o reprimir manifestaciones de grupos antivacunas.
Ciertamente, la opinión crítica no es punible. Pero sí puede
serlo la difusión de afirmaciones falsas o temerarias. Hemos
escuchado opiniones acerca de que “las vacunas contienen chips”,
que generan autismo, o que causan cáncer, con total
despreocupación por su veracidad.
Ahora vimos que esas aserciones son promovidas desde el propio
sitial de la representación ciudadana. El bochornoso y payasesco
espectáculo ofrecido por una persona supuestamente magnetizada
por efecto de una inmunización, se empequeñece en comparación
con el peso de la función pública de quien lo avala y lo
amplifica. Y no es solamente grotesco. Es substancialmente
peligroso.
Si un acto público, visibilizado desde el Congreso Nacional
incita a la rebeldía a una ley nacional, y activamente induce a
rechazar la vacunación infantil obligatoria, amenaza con
producir un daño social inminente (ej. un brote de sarampión).
En ese caso, la intervención del Estado no debería ser la de un
opinante más. Su contención o incluso sanción se justifica bajo
el concepto de “Daño a Terceros” (Harm Principle).
No es suficiente la emisión de un comunicado conjunto por parte
de la autoridad sanitaria nacional y las provincias
contraponiendo una declaración técnica a un hecho político.
Y el silencio induce respuestas. No casualmente, unos días más
tarde, ahora desde el Senado de la Nación, se desarrolló un acto
que, bajo la consigna del cuestionamiento a la cuarentena
impuesta durante la pandemia, finalizó con un asistente
reclamando a los gritos la derogación precisamente de la Ley
27.491 de control de enfermedades prevenibles por vacunación (La
Nación 03/12/25).
Reconfortan las voces críticas que salieron al cruce de tamaña
temeridad. Alarma, pero no sorprende la poca contundencia en la
respuesta del Estado.
Esto no se trató de una anécdota. Ha sido un síntoma. Y como tal
habría que asumirlo. n
Referencias:
1.-
https://www.argentina.gob.ar/noticias/la-cobertura-ampliada-por-cohorte-permitio-medir-con-mayor-precision-la-vacunacion-en-ninos
2.-https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/2025/01/ben-783-se-46-vf-2511.pdf
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