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El Gobierno nacional está por abrir una “Caja de Pandora”. Esta
expresión, basada en la mitología griega, significa iniciar una
acción o situación que, aunque pueda parecer pequeña o curiosa,
desencadena una serie de problemas, consecuencias imprevistas o
desdichas que son casi imposibles de revertir.
¿Cuál es la caja en cuestión? El Programa Médico Obligatorio o
PMO, que fuera creado para garantizar a la población el acceso
universal e igualitario a una canasta básica de prestaciones de
salud (consultas, estudios, cirugías, medicamentos y
tratamientos de alta complejidad y costo) que deben cubrir
obligatoriamente las Obras Sociales nacionales y las Empresas de
Medicina Prepaga.
Formalmente iniciado en 1996 por Resolución 247 del Ministerio
de Salud de la Nación, procuraba asegurar el acceso a servicios
de prevención y atención médica, evitando asimetrías y alineando
el modelo financiador con el prestador. En 2002, cuando el
financiamiento de las OSN entró en crisis y gran parte de la
población quedó desprotegida durante la crisis económica, se
restructuró como de Emergencia garantizando el acceso a
prestaciones básicas sin períodos de carencia ni exámenes de
admisión.
Modificar el PMO pondría al Sistema de salud argentino frente a
uno de los debates más trascendentes y sensibles de los últimos
años. El Ministerio de Salud nacional analiza aplicar cambios al
mismo, sobre los cuales aún no hay ninguna información de lo que
se pretende suprimir, sustituir o reemplazar y con que
profundidad.
La discusión que sobrevendrá tras los posibles cambios no será
menor, ya que en ese punto se juega buena parte del acceso
cotidiano de millones de argentinos a millones de prestaciones.
El principal argumento que ha empezado a tomar fuerza en el
sector privado surge de una verdad revelada y contundente: los
costos suben en forma geométrica, las cuentas no cierran y -lo
más importante- no hay plata.
Desde las Obras Sociales y las aseguradoras privadas, se ad-
vierte que, a partir de la caída del aporte desde el salario y
el ingreso de bolsillo de las personas, el esquema de
financiamiento para cubrir el costo del PMO quedó desfasado. La
mayoría de las Obras sociales no llegan con sus recursos a
financiarlo, atravesadas por una medicina cada vez más cara,
mucho más tecnológica y altamente demandante de recursos.
A esto se suma otro dato preocupante: cada vez es mayor el
número de personas que pierden o abandonan su cobertura privada
y terminan recurriendo al uso del de por si colapsado sistema
público de salud. Es decir, mientras el sector prestador privado
denuncia asfixia financiera, los hospitales públicos continúan
recibiendo una presión creciente de pacientes que ya no pueden
garantizar su cobertura con la Obra Social que les ha tocado por
rama de actividad o pagando una prepaga.
Sin embargo, hay un punto del que se habla mucho y se cuestiona
poco, porque su lógica ya resulta ser una verdad incómoda: la
judicialización de la salud y los conflictos de interés que le
dan lugar. En los últimos años aumentaron geométricamente los
amparos de pacientes que reclaman medicamentos y nuevas terapias
sin efectividad demostrada o poco contrastada o
intervencionismos de muy alto costo.
Y detrás de cada amparo existe una indicación o prescripción que
se fundamenta en la asimetría de información, donde además el
juicio profesional esta indebidamente influenciado por un
interés secundario contrario al interés común.
Los médicos diferimos mucho respecto de lo que estimamos resulta
ser un conflicto de interés. Y como en general frente a muchas
situaciones problemáticas y conflictivas las consideraciones al
respecto son incompletas y no existe una metodología para
verificarlas, la seguridad de su no existencia resulta incierta.
Por el lado de los financiadores, los fallos judiciales sin la
debida justificación técnica, económica ni bioética se considera
que han terminado por romper por completo el delicado equilibrio
económico del sistema.
En este complejo contexto, donde también muchas prestaciones
incorporadas por ley a lo largo del tiempo y sin financiamiento
explicito contribuyeron a desequilibrar el financiamiento de un
PMO en permanente expansión, el Gobierno estudia introducir
criterios más estrictos respecto de definir qué prestaciones y
con que garantías deben quedar conceptualmente bajo cobertura
obligatoria. Incluso ha llegado a trascender la posibilidad de
reducir significativamente la cobertura de cierta cantidad de
medicamentos y prácticas incluidas actualmente en el PMO.
El debate recién empieza, aunque en realidad viene madurando
desde hace tiempo. De un lado, las empresas y obras sociales
advierten que el modelo actual es inviable si no se revisan
costos, aportes y obligaciones. Del otro, aparece la
preocupación central de los pacientes: que una eventual reforma
termine significando menos cobertura, más gasto de bolsillo y
mayores barreras para acceder a tratamientos.
Lo que está en juego no es apenas una reforma silenciosa basada
en cuestiones de tipo administrativo. Se trata de una definición
central y profunda respecto de hasta dónde debe llegar la
cobertura obligatoria en la Argentina para trabajadores activos
registrados o asegurados privados, si alcanzará al sector
público y al PAMI, quién pagara los tratamientos de alto costo
independientemente de su efectividad real, y cómo se sostiene un
sistema que -inmerso en una fenomenal puja distributiva- muestra
señales claras de profundo agotamiento.
Mientras los actores económicos y corporativos que componen el
mercado sanitario (laboratorios farmacéuticos, proveedores de
tecnología y dispositivos implantables, médicos y demás
profesionales) siguen de cerca cada movimiento para ver como
atenderán su juego en un nuevo escenario aun desconocido, el
problema más complejo quedará para los pacientes si cualquier
modificación del PMO llega a cambiarles - de manera directa - no
solo la cobertura de su enfermedad sino también su economía en
caso que lo que aumente sea el gasto de bolsillo.
Dice el mito original que al cerrar el recipiente con premura,
asustada al ver lo que había hecho producto de su tentación,
Pandora dejó atrapado en el fondo de la caja el único “bien” de
los dioses: la esperanza. Que no sea lo último que lleguen a
perder los pacientes.
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