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Tal como decíamos, pasadas las
elecciones de medio término y
teniendo en cuenta que hubo
comentaristas que pronosticaron caos
y catástrofes indescriptibles para
el día después, nada de eso pasó.
Seguimos vi- viendo y trabajando
como todos los días, la gente siguió
con sus rutinas y con la cercanía de
las fiestas preparándose como
siempre. O sea, poco cambió y esto
puede ser una buena o una mala
noticia según la particular
situación de quien lo disfruta, lo
sufre o lo observa.
Pero con cierta seguridad se puede
afirmar que poco cambiaron las
perspectivas de mejora para el
sector salud. Si nos referimos a lo
que nos tocó vivir en el curso de
este año, quienes pertenecemos al
sistema sabemos que no ha sido de
los mejores que hemos pasado, al
menos si contamos desde la vuelta de
la democracia. ¿Por qué decimos
esto? Porque como nunca se han
estresado los componentes del
sistema, los pacientes, las
instituciones, el financiamiento,
los trabajadores y los productores
de bienes y servicios de nuestra
actividad.
Veamos de a uno. El nivel de demanda
ha crecido y junto con él, la
disconformidad con la calidad de la
respuesta a las necesidades de
amplios sectores de la población.
Como nunca han arreciado las
demandas por servicios y
prestaciones, tanto razonables como
apartadas de toda lógica y criterio
científico demostrado. Es justo
reconocer que nunca hemos querido o
podido explicar a la gente que no
todo es bueno, que no podemos tener
todo y que la atención de salud no
es gratis, ni posible sin dinero,
sin racionalidad y sin esfuerzo
personal.
Además, se empieza a notar lo que
veníamos afirmando desde hace
tiempo. Que la transición
epidemiológica comienza a
preocuparnos. En los centros urbanos
aumenta el número de personas
mayores y gran número de ellos no
pueden sustentarse y no solo es un
problema actual, sino que será peor
a corto y mediano plazo. Los
jóvenes, en especial de clases
media, demoran la decisión de tener
hijos, ya sea porque no quieren
tenerlos o porque esperan
consolidar- se en sus actividades y
postergar la maternidad para el
futuro. Doble carga para la sociedad
y el sistema de salud.
La maternidad tardía implica menor
natalidad y además mayores costos
por la necesidad creciente de
recurrir a fertilización medicamente
asistida. Es un fenómeno visible, en
especial en zonas urbanas el aumento
de las personas que, en lugar de
tener hijos, adoptan una mascota.
Sobre las instituciones, los cambios
y esa presión no han podido ser
soportadas por dificultades de todo
tipo y en especial económicas para
hacerlo.
En los últimos años se ha acentuado
un ajuste en el perfil prestacional
del sistema privado. Las
instituciones que brindan servicios
de salud se diferencian en dos
grupos. A grandes rasgos por un lado
se verifica la concentración de
recursos en redes, lo que permite
economías de escala, muchas veces
con cartera propia y con capacidad
de resolución dentro de su red. En
otro grupo, están las empresas
medianas y chicas que tratan de
subsistir gracias al esfuerzo de
quienes las gestaron. Un caso
especial es el cierre de
maternidades asociado a la caída de
la natalidad y el alto costo de
mantener servicios de obstetricia y
neonatología sin una demanda
suficiente por las razones que antes
dijimos. Ambas tienen los mismos
problemas, costos crecientes,
imposibilidad de traslado a precios,
carga impositiva y dificultades a la
hora de incorporar, personal
calificado, tecnologías y las
mejoras necesarias.
Por supuesto en este aspecto los que
más están sufriendo el momento son
los trabajadores del sistema. Prueba
de esto son los cambios que se están
profundizando y haciendo cada vez
más visibles. Los profesionales y no
profesionales han perdido capacidad
adquisitiva de tal magnitud, que los
llevan a buscar otros horizontes.
Los bajos ingresos desalientan la
cobertura de vacantes en
especialidades como medicina
general, clínica, pediatría o
atención de emergencias en unidades
móviles.
En síntesis; todos los trabajadores
del sistema de salud se sienten no
reconocidos económica y anímicamente
por lo prolongado de su formación,
la responsabilidad de sus actos, el
esfuerzo físico y anímico y el
desgaste que sufren. Y muy en
particular cuando comparan sus
ingresos con los que se perciben en
otras actividades. Algunos se van
del país, otros directamente
abandonan la profesión.
Llegamos al punto crítico, el
financiamiento de la atención de
salud y nos preguntamos qué pasó.
Simplemente una tormenta perfecta.
La aceleración de la innovación
tecnológica ha traído progresos
inimaginables pocos años atrás y
pretendemos que sean aplicados
racionalmente y a todos los casos
que correspondan. Pero nos cuesta
entender cuánto y cómo debemos y
podemos pagar por medicamentos e
insumos de altísimo precio. El
problema es que ese precio está
disparado y no puede financiarse sin
los recursos suficientes.
Por otra parte, qué pasó con el
dinero disponible. Es simple. Sin
dinero no hay salud. En especial
para la seguridad social y también
la medicina privada. La fuente de
ingresos se genera y es función de
los salarios, si estos son bajos y
el nivel de la economía informal es
enorme, es imposible sustentar sólo
con estos recursos, la atención de
la salud sin los problemas que hoy
existen.
Por eso en este tema surge la
preocupación por la posibilidad que
el financiamiento solidario a partir
de los salarios se vea afectado por
las reformas presentadas y se agrave
aún más la economía del sistema.
Entonces qué podemos esperar y
desear para los tiempos venideros.
En primer lugar, que se consolide la
democracia con actores probos,
racionales y que antepongan sus
deberes y los compromisos asumidos
al jurar por sus cargos, a las
apetencias personales. Que podamos
explicar a la sociedad qué salud
queremos y podemos tener con los
recursos que pongamos a disposición
de este fin. Que defendamos y
valoremos a quienes nos atienden y
nos cuidan, simplemente porque
además de ser su función, es casi
seguro que los vamos a necesitar en
algún momento de nuestras vidas.
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(*)
Director Médico de OSPSA
(Obra Social del Personal de
la Sanidad Argentina). |
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