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 Opinión

       
EL PRECIO DE LA CONSULTA: LO QUE NADIE QUIERE CALCULAR
Por el Lic. Ariel Goldman (*)


Hay preguntas que el sistema de salud argentino prefiere no hacerse. Una de ellas es incómoda, concreta y urgente: ¿cuánto debería costar una consulta médica si se calculara con criterios reales de costo?
No es una pregunta retórica. Es la pregunta que está detrás de cada conflicto entre médicos y financiadores, de cada paciente que se sorprende por un coseguro que no esperaba y, seguramente, detrás de cada vez que un estudiante debe decidir que carrera estudiar o la especialidad. Sin embargo, el sistema lleva décadas evitando responderla con seriedad.

El arancel como ficción

El valor de la consulta médica en Argentina no surge de un cálculo de costos. Surge de una negociación entre financiadores y prestadores, donde los segundos históricamente han tenido menos poder. El resultado es un arancel que no refleja el costo real de producir el servicio sino el precio que el pagador está dispuesto a abonar, que no es lo mismo.
El Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires propuso, en diciembre de 2025, un arancel mínimo orientativo de $ 40.000 por consulta, sobre la base de una hora médica de $ 120.000. Ese valor es una referencia ética, no una obligación jurídica, y está muy por encima de lo que la mayoría de las obras sociales efectivamente paga por una consulta ambulatoria de clínica médica o pediatría, que en muchos casos no supera los $ 10.000 a $ 15.000.
La brecha entre el arancel ético y el arancel real ya no se mide en porcentajes: se mide en múltiplos. Esa brecha no es un accidente del mercado, sino que es el resultado de décadas de política tarifaria que trató al honorario médico como una variable de ajuste del financiamiento en salud.
Un economista de la salud que intente estimar el costo real de una consulta médica se encuentra con varios componentes que los aranceles vigentes directamente ignoran.
El primero es el capital humano invertido. Un médico especialista en Argentina invierte, en promedio, entre doce y catorce años de formación entre grado, residencia y especialización. Parte de esa formación es subsidiada por el Estado, pero otra parte -años de vida, costo de oportunidad, dedicación exclusiva- es asumida enteramente por el profesional. Ningún arancel médico incorpora algún mecanismo de reconocimiento de ese capital formativo.
El segundo componente es el costo de infraestructura y tiempo. Una consulta de veinte minutos no es solo veinte minutos de atención: incluye tiempo de registro, elaboración de historia clínica, revisión de estudios previos, indicaciones y eventualmente comunicación con otros niveles de atención. Cuando se mide el tiempo real que demanda una consulta bien hecha, el denominador se achica considerablemente.
El tercero, y quizás el más invisibilizado, es el costo de la actualización profesional. La medicina no es estática. Mantenerse actualizado tiene un precio: congresos, bibliografía, cursos de especialización, certificaciones. Ese costo es absorbido casi en su totalidad por el médico.
El cuarto elemento es la inflación médica, que en Argentina supera sistemáticamente a la inflación general. Los insumos médicos, el equipamiento, los alquileres de consultorios, los seguros de mala praxis, tienen una dinámica de precios que los aranceles no siguen.

Los efectos sobre el sistema

El resultado de esta brecha sostenida en el tiempo no es abstracto. Tiene consecuencias prácticas que cualquier gestor hospitalario o asistencial puede observar directamente.
La primera es el pluriempleo. El médico que cobra un arancel insuficiente por consulta necesita multiplicar sus fuentes de ingreso: hospital público más guardia más consultorio privado más obra social. El resultado es un profesional agotado, con tiempo de atención reducido por paciente y mayor propensión al error.
La segunda consecuencia es la fuga de talento. Argentina forma médicos de alta calidad y los exporta a sistemas que les reconocen adecuadamente su trabajo. El problema ya no es solo cuantitativo -falta de médicos en áreas rurales o especialidades críticas- sino cualitativo: mucho de nuestros mejores profesionales son los que primero se van.
La tercera consecuencia, menos visible pero igualmente grave, es la concentración geográfica de la oferta. Cuando el arancel no cubre los costos, el médico racional migra hacia donde puede compensar el déficit: zonas urbanas de mayor densidad poblacional o mayor capacidad de cobro directo. El resultado es una distribución de recursos humanos en salud que no responde a las necesidades epidemiológicas de la población sino a la lógica económica de supervivencia profesional. Las áreas con mayor necesidad sanitaria son, paradójicamente, las que menos médicos atraen.
La cuarta es el deterioro de la relación médico-paciente. El bono extrasistema, la consulta abreviada, la indicación defensiva, son síntomas del mismo problema: un profesional que percibe que el sistema no valora su trabajo tiende a racionar su inversión en cada encuentro clínico.

¿Quién debería calcular y quién no quiere?

La ausencia de un cálculo transparente no es inocente. A los financiadores, les conviene que el arancel sea el resultado de una negociación opaca antes que de un costeo explícito. A los prestadores, el arancel le es más fácil usar como variable de ajuste. Y al Estado, históricamente, le ha resultado más fácil mirar para otro lado que intervenir en un mercado donde regula parcialmente, pero arbitra mal.
Lo que Argentina necesita no es un arancel más alto por decreto. Necesita una metodología de costeo de la consulta médica que sea técnicamente rigurosa, políticamente legítima y actualizable en el tiempo. Necesita, en definitiva, que la pregunta que nadie quiere hacerse se convierta en política pública.
Porque mientras el precio de la consulta médica siga siendo lo que el financiador decide pagar en lugar de lo que el servicio cuesta producir, el problema no desaparece: simplemente se traslada, en distintas proporciones, al médico que la brinda, al paciente que la recibe y al sistema que ambos sostienen

 

(*) Profesor universitario.

 
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