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Todos los años, algún funcionario nuevo descubre la
fragmentación del sistema de salud argentino como si fuera una
noticia de último momento. No lo es. La convivencia de subsector
público, obras sociales nacionales y provinciales, PAMI y
medicina privada no es un accidente de gestión: es el diseño
institucional que arrastramos desde mediados del siglo pasado,
con cada pieza financiada, regulada y controlada de manera
distinta. Lo que sí cambia, número a número, es el punto exacto
donde esa fragmentación empieza a doler. Hoy ese punto tiene
nombre y apellido: el monotributo.
Cuando un trabajador independiente se inscribe en el Régimen
Simplificado y elige derivar su aporte a una obra social,
ingresa a un esquema pensado originalmente para asalariados en
relación de dependencia. El aporte que realiza -fijo, según la
categoría, y desvinculado del riesgo sanitario real de esa
persona- rara vez alcanza para cubrir el costo del Programa
Médico Obligatorio. La diferencia no desaparece: la termina
pagando, en silencio, el resto del padrón. Es un subsidio
cruzado no declarado, que ninguna obra social elige pero que
todas terminan sosteniendo.
El dato no es menor en escala. El universo de monotributistas
que canaliza su cobertura de salud a través de una obra social
creció de manera sostenida en la última década, empujado por la
propia dinámica del mercado laboral argentino: cada vez más
actividad se organiza por fuera de la relación de dependencia
tradicional. Eso está bien como fenómeno económico y hasta como
decisión individual legítima. El problema es que el sistema de
salud no adaptó su ingeniería de financiamiento a ese cambio
estructural del mercado de trabajo. Seguimos operando con una
lógica de aportes patronales pensada para otra economía.
¿Por qué esto no es un problema
de un gobierno?
Vale la pena decirlo con claridad, porque es tentador -y cómodo-
leer cada crisis de financiamiento como responsabilidad
exclusiva de la administración de turno. No lo es, al menos no
en su raíz. El diseño que permite que un aporte insuficiente
ingrese al mismo pozo solidario que los aportes de un trabajador
formal con salario más alto es anterior a cualquier gestión
reciente, y ninguna gestión reciente lo resolvió. Es,
literalmente, una decisión de diseño institucional tomada hace
más de dos décadas y nunca revisada a fondo, más allá de ajustes
cosméticos en los valores de la cápita mínima garantizada.
Esto importa porque cambia el tipo de pregunta que deberíamos
estar haciendo. No es “¿qué hizo mal tal o cual gobierno con la
salud este semestre?”, sino “¿qué arquitectura de financiamiento
necesitamos para un mercado de trabajo que ya no se parece al de
1970?”. La primera pregunta agota el debate en la coyuntura. La
segunda obliga a pensar en reglas que sobrevivan a los
gobiernos, que es exactamente lo que un sistema de seguridad
social necesita para funcionar.
El costo de no nombrarlo
El efecto práctico de este subsidio cruzado silencioso es doble.
Por un lado, deteriora la capacidad de cada obra social de
cumplir con el PMO para el conjunto de sus afiliados, porque una
porción creciente de la cápita promedio no cubre su propio
costo. Por otro, empuja hacia el subsector público a personas
que, en el papel, tienen cobertura formal: van al hospital no
porque no tengan obra social, sino porque la obra social que
tienen no les alcanza para resolver lo que necesitan.
El hospital público termina funcionando, en los hechos, como
reasegurador de última instancia de un esquema de aseguramiento
social que no cerró sus cuentas. Lo hace sin que ese costo quede
reflejado en ningún balance de la obra social original. Para un
director de hospital, esto no es una discusión abstracta. Es la
explicación de buena parte de la demanda que un centro público
asume sin que mayormente exista compensación por esa prestación,
dada la dificultad de cobrar por estas prestaciones a pesar del
esfuerzo por emitir la factura: derecho formal a cobrar,
ejercicio real casi nulo.
¿Qué se puede hacer, sin esperar
una reforma integral?
No hace falta una refundación completa del sistema para empezar
a corregir esto -y probablemente sea mejor que no la esperemos,
porque las reformas integrales en la salud argentina tienen la
costumbre de anunciarse mucho y concretarse poco. Hay al menos
tres líneas de trabajo concretas y acotadas:
Primero, un ajuste por riesgo más fino en la cápita del
monotributo, que reconozca que la carga de enfermedad de quien
ingresa por esta vía no es menor a la de un afiliado formal -de
hecho, la evidencia disponible sugiere lo contrario- y que la
diferencia entre aporte y costo esperado se financie de manera
explícita, con un fondo de compensación identificado, en lugar
de diluirse en el resto del padrón.
Segundo, activar de manera sistemática los mecanismos de
recupero de gastos entre subsectores, de forma que cuando un
hospital público atiende a alguien con cobertura formal, ese
costo se traslade fácilmente a quien correspondía cubrirlo. El
sistema para recupero de prestaciones brindadas a
monotributistas es complejo y tiene mayores exigencias que el
recupero de empleados en relación de dependencia.
Tercero, transparencia de cápita real por segmento de afiliados,
publicada de manera periódica, que permita a cualquier obra
social -y a quien la supervisa- saber exactamente dónde está el
desequilibrio, en lugar de administrarlo de manera implícita y
opaca como ocurre hoy.
Ninguna de estas tres medidas requiere una ley nueva ni una
discusión ideológica sobre el rol del Estado en la salud.
Requieren, eso sí, la voluntad técnica de nombrar un problema
que todos los actores del sistema conocen y que pocos se animan
a poner sobre la mesa con nombre propio, porque toca un
equilibrio político incómodo entre trabajo formal e informal.
Pero seguir sin nombrarlo no lo hace desaparecer: solo garantiza
que la próxima crisis de financiamiento de alguna obra social se
explique, otra vez, como si fuera una sorpresa.
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