|
En 2024, la esperanza de vida en la Argentina llegó a 77,5 años.
Desde el año 2000, ganamos 3,6 años de vida. Es un dato que
aparece en informes oficiales y se cita como logro sanitario.
Pero hay una pregunta incómoda que casi nadie formula: ¿cuántos
de esos años transcurren con salud plena? ¿Y cuántos con dolor
crónico, dependencia funcional y pluripatología?
La paradoja del envejecimiento argentino no está en que vivimos
más. Está en que el sistema no fue diseñado para lo que viene
después, y en que el debate público se agota en las
jubilaciones, como si el único problema de envejecer fuera
económico. Envejecer también es un problema sanitario, uno que
el sistema de salud argentino no terminó de asumir.
La economía de la salud dispone de herramientas precisas para
medir esa brecha. La esperanza de vida saludable, conocida como
HALE (Healthy Adjusted Life Expectancy), calcula cuántos años
puede esperarse vivir en condiciones de plena salud. La
diferencia entre esa cifra y la esperanza de vida total
representa los años vividos con discapacidad o enfermedad
limitante.
En la Argentina esa brecha supera los nueve años. Dicho de otra
manera: al final de nuestra vida, casi una década transcurre con
algún grado de dependencia o cronicidad. Los AVADs -años de vida
ajustados por discapacidad- permiten cuantificar ese peso sobre
la población y sobre los sistemas que deben sostenerla. Son años
que el sistema paga, con internaciones, medicamentos, asistencia
domiciliaria o, con demasiada frecuencia, con la ausencia de
todo eso.
La OPS documentó para América Latina que la brecha entre
esperanza de vida y esperanza de vida saludable no se reduce con
el envejecimiento poblacional: se amplía. El incremento de los
años poco saludables no es proporcional al de la esperanza de
vida total. Ganamos años, pero no siempre en buenas condiciones.
El dato demográfico agrava el escenario. Según el Dosier
Estadístico de Personas Mayores del INDEC (2024), más del 15,7%
de la población argentina ya tiene 60 años o más, y las
proyecciones ubican ese porcentaje cerca del 21% hacia 2040. Al
mismo tiempo, la tasa de fecundidad cayó por debajo de 1,4 hijos
por mujer, muy lejos del 2,1 necesario para el reemplazo
generacional.
La pirámide se invierte: más personas requiriendo cuidados,
menos jóvenes para sostener el sistema. Esta transición
demográfica se viene anunciando desde hace décadas. Lo que es
nuevo es la velocidad a la que ocurre y la ausencia de
respuestas institucionales a la altura del desafío.
Sin embargo, el debate público sobre envejecimiento casi no sale
de la discusión previsional. Son discusiones legítimas e
importantes, pero agotan el espacio de agenda y dejan fuera la
pregunta central: ¿quién cuida a quién? ¿cómo, con qué recursos
y a qué costo para el sistema? El envejecimiento no es solo un
problema de la Seguridad Social. Es, ante todo, un problema
sanitario de largo plazo que requiere planificación,
financiamiento y decisión política.
El déficit del sistema de cuidados en la Argentina es
estructural. El Ministerio de Salud reconoció en 2024 la
necesidad de identificar fallas sistémicas al lanzar el
Observatorio Integral del Sistema de Cuidado de Personas Adultas
y Mayores. La OIT estimó que cubrir adecuadamente la demanda de
cuidados de larga duración requeriría más de 780.000 nuevos
puestos de trabajo en ese sector, en una economía donde el
empleo informal en cuidados domiciliarios ronda el 78%.
No existe hoy un sistema público estructurado de cuidados de
larga duración. El Estado financia internaciones, no la forma de
evitarlas. Paga la crisis, no la prevención de la dependencia.
Las consecuencias sobre el gasto en salud son directas. Las
enfermedades crónicas no transmisibles concentran la mayor parte
de la carga de morbilidad en adultos mayores y explican una
proporción creciente del gasto hospitalario, de las
prescripciones de PAMI y de las consultas en el primer nivel de
atención.
Cuando el acceso a medicamentos crónicos se interrumpe, por
razones económicas o por cambios en las coberturas, el resultado
no es un ahorro: es el diferimiento del costo hacia la
internación de urgencia. Lo que no se gasta en prevención se
gasta en la crisis.
Las obras sociales y los hospitales públicos absorben una
demanda que seguirá creciendo sin que nadie haya diseñado
colectivamente la respuesta. Los sistemas de financiamiento,
pensados históricamente para episodios agudos, son inadecuados
para la cronicidad.
Se financia por prestación, no por resultado. Se paga la
consulta, no el control longitudinal de la enfermedad. Se
financia la inter- nación, no el equipo interdisciplinario que
podría evitarla. El modelo económico del sistema de salud
argentino y el perfil epidemiológico emergente son, en su lógica
más profunda, estructuralmente incompatibles.
¿Qué podría hacerse? Las respuestas existen y no son secretas:
sistemas de cuidados de larga duración financiados públicamente
con trabajo formal y bien remunerado; atención primaria
fortalecida con foco en cronicidad y seguimiento longitudinal;
modelos de pago basados en resultados sanitarios y no en actos
médicos aislados; evaluación económica de prestaciones desde una
perspectiva de ciclo de vida; políticas de envejecimiento activo
que retrasen la dependencia funcional.
No es falta de conocimiento técnico. Es falta de decisión
política y de voluntad para financiar lo que no tiene foto ni
titular inmediato, lo que da frutos en diez años y no en el
próximo ciclo electoral.
La Argentina envejece. Los números son claros, las proyecciones
también. Lo que sigue siendo opaco es si el sistema de salud y
sus financiadores, sus prestadores, sus planificadores, está dis-
puesto a reconocer que el verdadero problema no es cuántos años
vivimos, sino cómo los vivimos.
Mientras tanto, cada año ganado de esperanza de vida que no
viene acompañado de políticas de cuidado es, en rigor, un año de
sufrimiento evitable que el sistema terminará pagando -tarde,
mal y a precio de urgencia-.
|