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La reciente Resolución SSN 258/2026
abrió una discusión que excede
largamente al mercado asegurador. La
pregunta inmediata parece ser si la
habilitación de seguros de salud con
cobertura prestacional generará una
nueva competencia para las obras
sociales y las empresas de medicina
prepaga. La respuesta,
probablemente, sea sí. Pero esa no
es la pregunta más relevante.
La discusión de fondo debería ser
otra: ¿puede esta apertura ayudar a
construir instrumentos más
sofisticados para financiar el
riesgo sanitario de alta severidad,
sin debilitar la solidaridad ni la
obligación de cobertura?
Porque en salud no todo es
competencia comercial. También hay
incertidumbre, volatilidad y riesgos
que ningún financiador pequeño o
mediano puede administrar
adecuadamente de manera aislada.
La Resolución habilita a las
aseguradoras a comercializar
coberturas de salud bajo modalidad
prestacional. Al mismo tiempo, exige
continuidad asistencial para quienes
estén bajo tratamiento o tengan un
diagnóstico confirmado durante la
vigencia de la póliza, y admite que
las pólizas puedan contemplar
exclusiones por enfermedades
preexistentes. Ese último punto
obliga a mirar la norma con
atención.
Puede abrir espacio a nuevos
productos, nuevas redes
prestacionales y nuevas alternativas
para empresas y personas. Pero
también puede profundizar una
segmentación que el sistema de salud
argentino ya conoce: captar los
riesgos más favorables y dejar a los
financiadores tradicionales
concentrando a las poblaciones de
mayor edad, con enfermedades
crónicas, discapacidad, alta
utilización o tratamientos
complejos.
Por eso, la respuesta no debería ser
“más competencia” o “menos
competencia”.
Debería ser: competencia donde pueda
aportar eficiencia y
complementariedad donde haga falta
compartir riesgo. El desafío no es
quién logra vender un producto más
barato a una población joven y sana.
El desafío es cómo financiar, con
previsibilidad y sin perder equidad,
aquellos eventos que hoy
desestabilizan a obras sociales,
prepagas y empresas: tratamientos
innovadores, enfermedades poco
frecuentes, terapias de alto impacto
económico, trasplantes, oncología
compleja, internaciones prolongadas,
dispositivos de alto valor y
múltiples situaciones clínicas que
combinan baja frecuencia con
altísima severidad.
Conviene, además, ordenar los
conceptos:
Alto precio no es
necesariamente alto costo.
Un medicamento puede tener un valor
unitario elevado y, sin embargo, un
impacto presupuestario limitado si
alcanza a pocos pacientes o se
utiliza por un período corto.
Alto costo es impacto
económico real sobre el financiador.
Incluye medicamentos, prácticas,
internaciones, diagnósticos,
dispositivos, rehabilitación,
traslados, complicaciones y uso
sostenido de servicios.
Enfermedad poco frecuente no
es sinónimo automático de alto
costo.
Algunas lo son; otras no. Del mismo
modo, enfermedades frecuentes -como
determinados cánceres, patologías
cardio-vasculares complejas,
diabetes con complicaciones,
diálisis o cuadros de salud mental
de alta utilización- pueden generar
una carga agregada enorme.
El problema, entonces, no es
solamente clínico. Es financiero,
actuarial y de diseño institucional.
Una obra social o una prepaga puede
estimar su gasto promedio. Lo que
difícilmente pueda anticipar con
precisión es cuántos eventos de
altísima severidad aparecerán en un
año, qué nuevas tecnologías
modificarán su estructura de costos
o qué concentración de casos
complejos puede alterar súbitamente
su resultado técnico.
Ahí aparece una oportunidad. No para
“sacar de balance” a pacientes ya
conocidos o abandonar a quienes
tienen una enfermedad de alto costo.
Eso no sólo sería éticamente
inaceptable: además, en términos
actuariales, un caso ya
diagnosticado y en tratamiento deja
de ser un riesgo incierto y se
convierte, en buena medida, en un
costo esperado.
La oportunidad está en asegurar el
riesgo futuro. Es decir, en pensar
herramientas de transferencia de
riesgo que permitan que el
financiador conserve su
responsabilidad asistencial frente
al beneficiario, pero reduzca su
exposición a eventos excepcionales o
a desvíos severos de siniestralidad.
Algunas estructuras que
deberían empezar a analizarse son:
•
Coberturas de exceso de pérdida por
paciente, cuando el gasto anual
supera determinado umbral.
•
Coberturas agregadas, cuando el
gasto total de una cartera excede el
nivel presupuestado.
•
Corredores de riesgo, donde el
financiador absorbe una primera capa
y una aseguradora cubre una franja
superior.
•
Mecanismos específicos para
determinados eventos de alta
severidad.
• Pools
entre financiadores para compartir
riesgos de baja incidencia y alto
impacto.
•
Esquemas de reaseguro o segundo piso
que aporten previsibilidad a
carteras pequeñas o medianas.
La lógica es simple: el seguro no
hace desaparecer el gasto sanitario.
Lo convierte en una prima previsible
y distribuye la volatilidad entre
una población más amplia.
Esto puede ser particularmente
relevante para obras sociales
pequeñas, prepagas regionales,
financiadores con escasa espalda
patrimonial o empresas que quieran
estructurar coberturas
complementarias para sus
trabajadores.
Incluso en poblaciones jóvenes,
donde el gasto medio esperado suele
ser menor, persiste un problema que
muchas veces se subestima: la cola
de riesgo.
Una cartera joven puede tener buena
siniestralidad promedio y, aun así,
quedar financieramente expuesta a un
único evento de altísima severidad.
Una terapia innovadora, un
trasplante, una enfermedad poco
frecuente o una internación
prolongada pueden modificar por
completo el resultado anual de una
población relativamente pequeña.
Por eso, la juventud de la cartera
reduce el gasto promedio esperado,
pero no elimina la volatilidad. Y
justamente allí puede estar el valor
de un seguro bien diseñado.
Ahora bien: esta discusión exige
límites claros. La apertura del
mercado asegurador no puede
convertirse en una puerta para
seleccionar riesgos, degradar
coberturas o liberar a obras
sociales y prepagas de sus
obligaciones frente a los
beneficiarios.
Las empresas de medicina prepaga
continúan sujetas a las reglas de
cobertura mínima y a la supervisión
de la Superintendencia de Servicios
de Salud. Las obras sociales
nacionales conservan su
responsabilidad prestacional y su
función dentro de un sistema basado
en principios de solidaridad y
cobertura obligatoria.
La transferencia de riesgo puede
complementar el financiamiento de la
salud. No puede reemplazar la
responsabilidad sanitaria. Por eso,
el próximo paso no debería ser
solamente comercial. Debería ser
regulatorio y técnico.
Hace falta una agenda común entre la
Superintendencia de Seguros de la
Nación y la Superintendencia de
Servicios de Salud para definir con
precisión:
• ¿Qué
productos pueden desarrollarse?
• Bajo
qué condiciones actuariales.
• ¿Cómo
se protegen los tratamientos en
curso?
• ¿Cómo
se evitan mecanismos de selección de
riesgos?
• ¿Qué
información deben transparentar las
pólizas?
• ¿Cómo
se compatibilizan estos instrumentos
con el PMO, la discapacidad, las
obligaciones de cobertura y los
sistemas existentes de reintegro?
• ¿Qué
rol pueden cumplir los pools, el
reaseguro y los mecanismos de
compensación de riesgo?
La Argentina ya cuenta con
herramientas destinadas a asistir
financieramente a las obras sociales
frente a prestaciones de baja
incidencia y alto impacto económico.
Pero el crecimiento de tecnologías
costosas, tratamientos
personalizados, medicamentos
innovadores y demandas crecientes de
cobertura obliga a discutir una
arquitectura más moderna de
financiamiento del riesgo sanitario.
La Resolución SSN 258/2026 no
resuelve ese problema. Pero abre una
puerta para discutirlo.
La oportunidad no está en replicar
la segmentación del mercado bajo una
nueva etiqueta. Está en avanzar
hacia instrumentos que permitan
mutualizar mejor los riesgos de alta
severidad, profesionalizar su
gestión y dar previsibilidad
financiera sin erosionar derechos.
El debate no debería ser quién se
queda con los afiliados más sanos.
Debería ser cómo construimos un
sistema capaz de anticipar,
distribuir y financiar mejor el
próximo evento catastrófico antes de
que ocurra.
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(*)
Médico. Especialista en
Economía y Gestión en Salud.
Ex Viceministro de Salud de
la Nación. Ex Presidente del
Grupo Unión Personal. Ex
Gerente General de la
Superintendencia de
Servicios de Salud de la
Nación.
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