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Opinión


SEGURO DE SALUD PRESTACIONAL ¿COMPETENCIA O COMPLEMENTARIEDAD?
  

Por el Dr. David Aruachan (*)

 
La reciente Resolución SSN 258/2026 abrió una discusión que excede largamente al mercado asegurador. La pregunta inmediata parece ser si la habilitación de seguros de salud con cobertura prestacional generará una nueva competencia para las obras sociales y las empresas de medicina prepaga. La respuesta, probablemente, sea sí. Pero esa no es la pregunta más relevante.
La discusión de fondo debería ser otra: ¿puede esta apertura ayudar a construir instrumentos más sofisticados para financiar el riesgo sanitario de alta severidad, sin debilitar la solidaridad ni la obligación de cobertura?
Porque en salud no todo es competencia comercial. También hay incertidumbre, volatilidad y riesgos que ningún financiador pequeño o mediano puede administrar adecuadamente de manera aislada.
La Resolución habilita a las aseguradoras a comercializar coberturas de salud bajo modalidad prestacional. Al mismo tiempo, exige continuidad asistencial para quienes estén bajo tratamiento o tengan un diagnóstico confirmado durante la vigencia de la póliza, y admite que las pólizas puedan contemplar exclusiones por enfermedades preexistentes. Ese último punto obliga a mirar la norma con atención.
Puede abrir espacio a nuevos productos, nuevas redes prestacionales y nuevas alternativas para empresas y personas. Pero también puede profundizar una segmentación que el sistema de salud argentino ya conoce: captar los riesgos más favorables y dejar a los financiadores tradicionales concentrando a las poblaciones de mayor edad, con enfermedades crónicas, discapacidad, alta utilización o tratamientos complejos.
Por eso, la respuesta no debería ser “más competencia” o “menos competencia”.
Debería ser: competencia donde pueda aportar eficiencia y complementariedad donde haga falta compartir riesgo. El desafío no es quién logra vender un producto más barato a una población joven y sana.
El desafío es cómo financiar, con previsibilidad y sin perder equidad, aquellos eventos que hoy desestabilizan a obras sociales, prepagas y empresas: tratamientos innovadores, enfermedades poco frecuentes, terapias de alto impacto económico, trasplantes, oncología compleja, internaciones prolongadas, dispositivos de alto valor y múltiples situaciones clínicas que combinan baja frecuencia con altísima severidad.
Conviene, además, ordenar los conceptos:

Alto precio no es necesariamente alto costo.
Un medicamento puede tener un valor unitario elevado y, sin embargo, un impacto presupuestario limitado si alcanza a pocos pacientes o se utiliza por un período corto.

Alto costo es impacto económico real sobre el financiador.
Incluye medicamentos, prácticas, internaciones, diagnósticos, dispositivos, rehabilitación, traslados, complicaciones y uso sostenido de servicios.

Enfermedad poco frecuente no es sinónimo automático de alto costo.
Algunas lo son; otras no. Del mismo modo, enfermedades frecuentes -como determinados cánceres, patologías cardio-vasculares complejas, diabetes con complicaciones, diálisis o cuadros de salud mental de alta utilización- pueden generar una carga agregada enorme.

El problema, entonces, no es solamente clínico. Es financiero, actuarial y de diseño institucional.
Una obra social o una prepaga puede estimar su gasto promedio. Lo que difícilmente pueda anticipar con precisión es cuántos eventos de altísima severidad aparecerán en un año, qué nuevas tecnologías modificarán su estructura de costos o qué concentración de casos complejos puede alterar súbitamente su resultado técnico.
Ahí aparece una oportunidad. No para “sacar de balance” a pacientes ya conocidos o abandonar a quienes tienen una enfermedad de alto costo. Eso no sólo sería éticamente inaceptable: además, en términos actuariales, un caso ya diagnosticado y en tratamiento deja de ser un riesgo incierto y se convierte, en buena medida, en un costo esperado.
La oportunidad está en asegurar el riesgo futuro. Es decir, en pensar herramientas de transferencia de riesgo que permitan que el financiador conserve su responsabilidad asistencial frente al beneficiario, pero reduzca su exposición a eventos excepcionales o a desvíos severos de siniestralidad.

Algunas estructuras que deberían empezar a analizarse son:

Coberturas de exceso de pérdida por paciente, cuando el gasto anual supera determinado umbral.
Coberturas agregadas, cuando el gasto total de una cartera excede el nivel presupuestado.
Corredores de riesgo, donde el financiador absorbe una primera capa y una aseguradora cubre una franja superior.
Mecanismos específicos para determinados eventos de alta severidad.
Pools entre financiadores para compartir riesgos de baja incidencia y alto impacto.
Esquemas de reaseguro o segundo piso que aporten previsibilidad a carteras pequeñas o medianas.

La lógica es simple: el seguro no hace desaparecer el gasto sanitario. Lo convierte en una prima previsible y distribuye la volatilidad entre una población más amplia.

Esto puede ser particularmente relevante para obras sociales pequeñas, prepagas regionales, financiadores con escasa espalda patrimonial o empresas que quieran estructurar coberturas complementarias para sus trabajadores.
Incluso en poblaciones jóvenes, donde el gasto medio esperado suele ser menor, persiste un problema que muchas veces se subestima: la cola de riesgo.
Una cartera joven puede tener buena siniestralidad promedio y, aun así, quedar financieramente expuesta a un único evento de altísima severidad. Una terapia innovadora, un trasplante, una enfermedad poco frecuente o una internación prolongada pueden modificar por completo el resultado anual de una población relativamente pequeña.
Por eso, la juventud de la cartera reduce el gasto promedio esperado, pero no elimina la volatilidad. Y justamente allí puede estar el valor de un seguro bien diseñado.
Ahora bien: esta discusión exige límites claros. La apertura del mercado asegurador no puede convertirse en una puerta para seleccionar riesgos, degradar coberturas o liberar a obras sociales y prepagas de sus obligaciones frente a los beneficiarios.
Las empresas de medicina prepaga continúan sujetas a las reglas de cobertura mínima y a la supervisión de la Superintendencia de Servicios de Salud. Las obras sociales nacionales conservan su responsabilidad prestacional y su función dentro de un sistema basado en principios de solidaridad y cobertura obligatoria.
La transferencia de riesgo puede complementar el financiamiento de la salud. No puede reemplazar la responsabilidad sanitaria. Por eso, el próximo paso no debería ser solamente comercial. Debería ser regulatorio y técnico.
Hace falta una agenda común entre la Superintendencia de Seguros de la Nación y la Superintendencia de Servicios de Salud para definir con precisión:

¿Qué productos pueden desarrollarse?
Bajo qué condiciones actuariales.
¿Cómo se protegen los tratamientos en curso?
¿Cómo se evitan mecanismos de selección de riesgos?
¿Qué información deben transparentar las pólizas?
¿Cómo se compatibilizan estos instrumentos con el PMO, la discapacidad, las obligaciones de cobertura y los sistemas existentes de reintegro?
¿Qué rol pueden cumplir los pools, el reaseguro y los mecanismos de compensación de riesgo?

La Argentina ya cuenta con herramientas destinadas a asistir financieramente a las obras sociales frente a prestaciones de baja incidencia y alto impacto económico. Pero el crecimiento de tecnologías costosas, tratamientos personalizados, medicamentos innovadores y demandas crecientes de cobertura obliga a discutir una arquitectura más moderna de financiamiento del riesgo sanitario.
La Resolución SSN 258/2026 no resuelve ese problema. Pero abre una puerta para discutirlo.
La oportunidad no está en replicar la segmentación del mercado bajo una nueva etiqueta. Está en avanzar hacia instrumentos que permitan mutualizar mejor los riesgos de alta severidad, profesionalizar su gestión y dar previsibilidad financiera sin erosionar derechos.
El debate no debería ser quién se queda con los afiliados más sanos. Debería ser cómo construimos un sistema capaz de anticipar, distribuir y financiar mejor el próximo evento catastrófico antes de que ocurra.

 

(*) Médico. Especialista en Economía y Gestión en Salud. Ex Viceministro de Salud de la Nación. Ex Presidente del Grupo Unión Personal. Ex Gerente General de la Superintendencia de Servicios de Salud de la Nación.

 

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