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La configuración institucional del sistema
sanitario argentino es el resultado de sucesivas decisiones
políticas que fueron moldeando una arquitectura organizacional
cuyas consecuencias aún persisten. Su evolución no solo estuvo
marcada por una orientación predominantemente asistencial
centrada en la recuperación de la enfermedad, sino también por
una fuerte impronta centralista en la organización y conducción
del sistema.
Durante las décadas de 1940 y 1950, bajo la conducción de Ramón
Carrillo, el Estado nacional impulsó una extraordinaria
expansión de la infraestructura hospitalaria mediante la
construcción de hospitales generales y especializados
distribuidos en todo el territorio nacional. Esa política
consolidó un Ministerio de Salud de la Nación con una importante
capacidad de gestión directa sobre los establecimientos
sanitarios y convirtió al Estado nacional en el principal actor
de la oferta pública de servicios de salud.
En forma paralela comenzó a consolidarse otro gran componente
del sistema: la seguridad social. Las obras sociales vinculadas
a sindicatos y actividades laborales fueron ampliando
progresivamente la cobertura sanitaria de los trabajadores
formales hasta adquirir un marco institucional definitivo con la
Ley N.º 18.610 de 1970. Años más tarde, en 1971, la creación del
Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y
Pensionados (PAMI) incorporó un tercer gran asegurador nacional
destinado a brindar cobertura a jubilados, pensionados y
posteriormente a otros grupos protegidos.
De este modo, hacia comienzos de la década de 1970, tanto la
oferta pública hospitalaria como los principales mecanismos de
aseguramiento sanitario dependían fundamentalmente del Estado
nacional. La Argentina construyó un sistema cuya conducción
política, financiamiento y capacidad de negociación se
concentraban mayoritariamente en el nivel federal.
Sin embargo, esta arquitectura comenzó a modificarse pro-
fundamente a partir de 1978 con el proceso de transferencia de
hospitales nacionales a las provincias, proceso que culminó
durante la década de 1990. Desde entonces, la responsabilidad
sobre la atención pública quedó radicada casi exclusivamente en
las provincias y, en numerosos casos, también en los municipios.
Paradójicamente, mientras la prestación pública se
descentralizó, el aseguramiento sanitario permaneció
centralizado. Las obras sociales nacionales continuaron bajo
regulación nacional, el PAMI mantuvo su estructura federal y el
Ministerio de Salud de la Nación conservó funciones
regulatorias, programas específicos y capacidad de
financiamiento, aunque con una incidencia mucho menor sobre la
gestión cotidiana de los servicios.
Como resultado, la Argentina terminó configurando un sistema
institucionalmente desalineado: la mayor parte de los hospitales
dependen de las provincias, mientras que buena parte del
financiamiento de la atención continúa siendo administrado por
instituciones nacionales. Esta separación entre quien financia y
quien organiza territorialmente los servicios genera incentivos
contradictorios, superposición de responsabilidades y
dificultades para construir verdaderas políticas sanitarias
integradas.
Hoy el sistema parece acercarse a un nuevo punto de inflexión.
La discusión sobre el futuro del PAMI trasciende el debate
acerca de su eficiencia administrativa. En realidad, interpela
el propio modelo de organización sanitaria de la Argentina.
La pregunta estratégica es si el PAMI debe continuar siendo un
gran asegurador nacional, con una única estructura
administrativa y un enorme poder de compra que negocia
homogéneamente para realidades profundamente heterogéneas, o si
ha llegado el momento de repensar su organización en el marco de
un verdadero federalismo sanitario.
Quienes sostenemos la conveniencia de avanzar hacia una
descentralización progresiva entendemos que los más de cinco
millones de jubilados, pensionados y excombatientes no deberían
constituir un subsistema aislado de la organización sanitaria
provincial. Por el contrario, deberían integrarse plenamente a
las estrategias de salud de cada jurisdicción, preservando la
solidaridad financiera nacional, pero acercando las decisiones
de gestión al territorio donde viven las personas y donde
efectivamente se prestan los servicios.
Esta propuesta no implica simplemente transferir recursos o
responsabilidades. Supone redefinir el concepto mismo de
gobernanza sanitaria provincial.
Cada provincia debería construir un sistema integrado bajo una
conducción estratégica única, capaz de articular al Ministerio
de Salud, al instituto u obra social provincial, al subsector
público, a los prestadores privados, a los municipios y,
eventualmente, a la población actualmente cubierta por el PAMI.
El objetivo no sería uniformar las instituciones existentes,
sino coordinarlas bajo una misma estrategia sanitaria
territorial, con reglas claras, objetivos compartidos e
incentivos alineados.
En la actualidad, en muchas provincias persiste una competencia
institucional poco racional entre el Ministerio de Salud y la
obra social provincial. Ambos organismos suelen planificar,
contratar, financiar y gestionar por separado, compitiendo
incluso por los mismos recursos humanos, prestadores y
presupuestos. Esta fragmentación interna debilita la capacidad
del Estado provincial para conducir el sistema.
Como consecuencia, numerosos prestadores privados terminan
ocupando espacios de poder que el Estado no logra ejercer. Allí
donde la gobernanza pública es débil, las reglas suelen ser
fijadas por quienes poseen mayor capacidad de negociación
económica, mientras que el subsector público queda
frecuentemente reducido a responder de manera reactiva a las
demandas del sistema, sin capacidad suficiente para ordenar la
oferta, coordinar redes asistenciales o gestionar integralmente
el riesgo sanitario de la población.
La construcción de un verdadero federalismo sanitario exige, por
lo tanto, mucho más que una redistribución de competencias
administrativas. Requiere desarrollar capacidades de conducción,
planificación, regulación, contratación, evaluación y gestión
del desempeño que hoy son insuficientes en buena parte del país.
En este contexto emerge una necesidad frecuentemente
subestimada: la profesionalización del management sanitario.
La complejidad actual de los sistemas de salud hace inviable su
conducción mediante la improvisación, el voluntarismo político o
el aprendizaje exclusivamente empírico. La dirección de
hospitales, aseguradores, redes asistenciales y organismos
reguladores demanda competencias específicas en economía de la
salud, organización, gestión estratégica, evaluación de
tecnologías sanitarias, contratación, análisis de datos, salud
digital, inteligencia artificial y gestión poblacional del
riesgo.
La Argentina necesita construir una auténtica cultura managerial
sanitaria que atraviese transversalmente al Estado nacional, las
provincias, las obras sociales, el PAMI y el sector privado. Una
cultura que sustituya el amateurismo gerencial por capacidades
profesionales estables y que permita diseñar instituciones
capaces de sostener políticas públicas más allá de los cambios
de gobierno.
Solo sobre esa base será posible avanzar hacia un nuevo
federalismo sanitario, donde las provincias asuman plenamente la
responsabilidad de organizar sistemas universales de salud para
toda su población y donde los distintos subsistemas dejen de
actuar como compartimentos estancos para convertirse en
componentes de una misma estrategia sanitaria territorial.
El debate sobre el futuro del PAMI es, en definitiva, mucho más
que una discusión sobre una institución. Constituye una
oportunidad histórica para redefinir la arquitectura del sistema
sanitario argentino y pasar de un federalismo meramente
administrativo a un verdadero federalismo de la gobernanza,
capaz de integrar financiamiento, organización, gestión y
resultados en salud bajo una visión común orientada al bienestar
de las personas
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