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Construimos durante más de 50 años un sistema de salud que
adolece de varios problemas que no comenzaremos a describir en
este artículo, solo me quiero referir a un sesgo que comparten
los tres subsistemas de este intrincado organismo. Me estoy
refiriendo al sesgo hacia la enfermedad que atraviesa el
sistema, contrapuesto al principio de cuidar y mantener la salud
de la población que constituye el núcleo duro de los sistemas
sanitarios con mejores resultados.
Este trípode que conforman el público estatal, la seguridad
social en sus diferentes expresiones y el privado (asegurador)
comparten algunas lógicas e incentivos perversos que conspiran
en la construcción y funcionamiento de un entramado de
prevención y promoción de la salud. De manera muy sucinta
podemos referirnos de manera puntual a cada uno de ellos de la
siguiente manera:
.Sector
público (estatal): históricamente
centrado en hospitales y guardias, con presupuestos atados a la
lógica del gasto histórico y la demanda espontánea.
.Seguridad
social (obras sociales nacionales y provinciales + PAMI):
modelo centrado en la atención de patologías declaradas y en la
provisión de prestaciones “a demanda” de los afiliados, sin
financiamiento explícito para promoción y prevención.
.Sector
privado/prepagas: incentivos a captar y retener
afiliados mediante acceso rápido a especialistas y diagnósticos
de alta complejidad, escasa inversión en prevención más allá de
marketing.
El resultado de esta anomalía congénita es la convergencia hacia
un macrosistema de reglas y comportamiento construido sobre el
eje de “recuperación de la enfermedad” y que tiende a ver a la
prevención como gasto y no como inversión. Los mecanismos
perversos con los que conviven las diferentes coberturas
conspiran para la mejora en una asignación de recursos más costo
efectivo.
El marco jurídico que hemos sabido construir en los últimos 20
años no aminoró, sino que agigantó el problema. Tanto los fallos
de los jueces como la reforma constitucional o las legislaciones
de ampliación de derecho han construido un modelo que promete de
manera amplia pero que convive con una operatoria limitada por
falta de recursos. El que llega primero o está mejor relacionado
o tiene dinero consume en tanto el resto queda rezagado,
mostrando la peor cara en materia de equidad. Incluso cuando los
recursos abundan el mecanismo actúa de manera perversa y
clasista relegando.
La reforma constitucional de 1994 se constituyó en un
extraordinario multiplicador de los derechos a partir de la
jerarquización constitucional de los pactos internacionales de
derechos humanos y donde el derecho a la salud paso a tener en
las declaraciones un rango supremo.
La construcción de una amplia panoplia de derechos, con una
jurisprudencia expansiva que habilitó el acceso a prestaciones,
medicamentos y tratamientos de alta complejidad se ve ampliada
por la inexistencia de una política preventiva robusta y sin
financiamiento explícito. En consecuencia, la promesa de
cobertura universal se vuelve incongruente con la capacidad
fiscal existente además de los costos de transacción que tienen
las prestaciones para llegar al paciente.
La Argentina figura entre los países que más prometen en el
papel, pero que menos cumplen en la práctica y en la operatoria
del derecho en la vida real. El ajuste aparece siempre por algún
lugar y toma la forma de: listas de espera, acceso desigual
entre provincias o litigiosidad creciente.
Las consecuencias de no reconocer el rol central de la
prevención terminan repercutiendo en las diversas áreas que
conforman la salud organizada:
I. Financieras: los recursos se absorben en
complejidad creciente, sin contrapeso de ahorro en carga de
enfermedad evitable.
II. Clínicas: pacientes ingresan al sistema en
etapas avanzadas, aumentando mortalidad y discapacidad
evitables.
III. Culturales: tanto médicos como pacientes
ven a la prevención como “extra” y no como parte del cuidado.
IV. De gobernanza: la rectoría nacional queda
reducida a apagar incendios en medicamentos de altísimo costo y
litigios, en lugar de orientar estratégicamente la salud
poblacional.
Se constituye de esta manera un círculo vicioso que conspira
para alcanzar mejores resultados con los recursos que destinamos
a la cobertura de salud de la población, que suman un 10% del
PBI (se estima entre un 25/30% que se pierden por gestión
inapropiada) y obtenemos como resultado:
1. Esperanza de vida al nacer: 77,4 años en
2023.
2. Tasa de mortalidad infantil (muertes de menores de 1
año por cada 1.000 nacidos vivos): 8-8,4 por 1.000
nacidos vivos en 2022.
3. Tasa de mortalidad materna: se estima en 37
por cada 100.000 nacidos vivos.
Esta simple relación muestra una ineficiencia importante si la
comparamos con países de la Región como Chile, Uruguay o Costa
Rica. La inequidad en la distribución explica muchas cosas, pero
también la falta de una política continua y sostenida de
prevención.
Mortalidad infantil: los datos de 2022 muestran
que TMI más alta fue Formosa -alrededor de 15,1 ‰ y en el otro
extremo la TMI más baja fue Tierra del Fuego, Antártida e Islas
del Atlántico Sur- cerca de 3,9‰. Un estudio reciente (2025)
confirma persistentes desigualdades: las provincias del norte y
nordeste tienden a tener tasas más altas, mientras que
provincias del sur (o con mejores indicadores socioeconómicos)
aparecen con tasas bajas.
Esperanza de vida: hay estimaciones de
“esperanza de vida al nacer” por provincia, aunque muchas
provienen de estudios con datos de unos años atrás. Por ejemplo,
en un relevamiento de 2018: la esperanza de vida varía
considerablemente: desde 72,9 años en Chaco hasta 77,3 años en
Neuquén. Esa variabilidad evidencia desigualdades regionales
estructurales en salud, condiciones socioeconómicas, acceso a
servicios y otros determinantes.
Mortalidad materna: si bien hay trabajos
académicos que han analizado diferencias provinciales en
mortalidad materna, las series disponibles públicamente son
parciales o agregadas, con períodos anteriores, y no hay una
base pública reciente consolidada (2022–2023) con mortalidad
materna por provincia y que además incorpore contexto
sociodemográfico de forma homogénea. Un dato puntual: análisis
de desigualdades 1990-2010 muestran que hubo diferencias
importantes entre provincias.
Circulo vicioso de la falta de prevención en el sistema
El paciente demanda
cuando la enfermedad
ya avanzó. |
Los hombres tienen
peores resultados que las
mujeres porque se creen inmortales y carecen de una
actitud más preventiva. |
Hospital o Centro
de Atención |
Especialista orienta
la cobertura y fija la agenda
terapéutica (alto costo, alta complejidad). |
Las instituciones
hospitalarias |
Absorben recursos sin
incentivos para prevenir
reingresos o complicaciones. Pagados por
modalidades anacrónicas que favorecen los peores
vicios y que no premian la eficiencia y la innovación
organizativa. |
El gasto crece por la cola
más pesada del sistema. |
No por intervenciones
de alto valor |
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El sistema judicial |
Expande derechos caso
por caso Þ presión adicional al gasto reactivo. |
El círculo gira en falso y
terminamos atrapados por una educación y una cultura olvidada
del cuidado individual y familiar de la salud y de un sistema
sanitario preparado solo para reparar. Una vez perdida la salud
es cuando se pone en marcha el sistema y lo que se ha
privilegiado a lo largo de los años es la complejidad por encima
de lo sencillo y eficaz que son las prácticas preventivas y el
acceso de la población a los centros de salud cercano y bien
preparados.
En algunos países estos centros ya se están reconvirtiendo en
centro de la comunidad para poder atender 360 grados toda la
problemática del envejecimiento y todos los problemas sociales
que aparecen estas nuevas sociedades donde vivimos. Los EBAIS en
Costa Rica son un buen ejemplo, así como la estrategia de Saude
da Familia implementada por Brasil en los últimos 20 años.
Uno de los caminos para tener una estrategia de abordaje del
problema es transitar hacia un modelo basado en el valor. Lo que
significa utilizar el valor como brújula del sistema. El
objetivo último del sistema no es producir servicios, sino
maximizar resultados de salud que importan a los pacientes por
cada unidad de costo.
Para ello es necesario recorrer un camino que implica construir
las columnas vertebrales que van a sostener la estrategia y que
se pueden resumir de la siguiente manera:
I. Construir métricas de resultados en salud
poblacional.
II. Introducir incentivos económicos para la
prevención y el mantenimiento de la salud (capitación por
riesgo, bonos por resultados, pagos por desempeño).
III. Promover y fomentar el cambio cultural en
salud pública para cambiar la visión de una APS como “lo pobre
para los pobres”.
IV. Terminar con la cultura política del “corto
plazo” donde el rédito está en inaugurar hospitales, y no en
sostener políticas de prevención silenciosas.
Pero este primer paso requiere después un programa por donde
avanzar, definir las áreas y los temas por atacar para torcer
una historia de baja inversión en prevención y promoción:
I. Reorientar el financiamiento: destinar un %
fijo de transferencias sanitarias nacionales y provinciales a
programas de prevención y promoción (con resultados medibles:
vacunación, controles prenatales, tamizajes, salud escolar).
II. Introducir Pagos por desempeño: remunerar a
provincias, obras sociales y prestadores por metas de cobertura
preventiva (ejemplo: % de diabéticos con HbA1c controlada, % de
hiper- tensos con presión normalizada).
III. Construir un Plan de Beneficios Federal
(PBSF): donde se incluya explícitamente prestaciones preventivas
y promoción de salud como derechos garantizados, no como anexos.
IV. Marco legal corrector: incorporar en la
legislación sanitaria la obligación de invertir en prevención y
promoción como política de Estado (con blindaje presupuestario).
V. Cambio cultural: campañas nacionales y
formación profesional que posicionen la prevención como el
“primer nivel de valor” del sistema.
El sistema argentino promete demasiado en derechos y cobertura,
pero invierte muy poco en prevención. Esto termina generando un
sistema orientado a la enfermedad y alejado de la salud,
prisionero en una dinámica de gasto creciente, inequidad
territorial y judicialización.
Quizás es momento de ensayar otras soluciones y la salida
pareciera ser reprogramar el ADN del sistema: poner la
prevención en el centro, remunerarla, medirla y gobernarla como
piso de valor
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