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En algún hospital del interior, esta noche, una sola enfermera
cubre lo que en otro lugar del país hacen tres. No es una
excepción: es la regla en una profesión que crece en los papeles
y se vacía en el territorio. Mientras en los discursos se
celebra la paridad con la matrícula médica, en Santiago del
Estero hay doce veces menos enfermeros por habitante que en la
Ciudad de Buenos Aires.
La enfermería en la Argentina ha experimentado una
transformación profunda y estructural en las últimas décadas,
transitando desde una ocupación con un fuerte componente
empírico y subordinado a otras disciplinas sanitarias, hacia una
profesión autónoma, científica y de interés público, reconocida
como un pilar fundamental en los sistemas de salud.
Este proceso de consolidación disciplinar ha sido impulsa- do
por una convergencia de factores normativos, académicos y
sociales que han permitido visibilizar a la enfermería como una
profesión clave para la sostenibilidad y la calidad de la
atención sanitaria.
En este sentido, la Organización Panamericana de la Salud (OPS,
2025) ha enfatizado que más del 50% de la fuerza laboral en
salud corresponde a profesionales de enfermería, lo que
visibiliza su potencial en la atención integral y su capacidad
para responder a las demandas complejas de los sistemas
sanitarios contemporáneos. Para la Argentina, esto significa un
déficit cuantitativo que sitúa al país con 3,55 enfermeros/as
profesionales por cada 1000 habitantes, una cifra alejada de los
estándares internacionales. (3)
El marco regulatorio ha sido uno de los ejes fundamentales en
este proceso de transformación. Un hito clave fue la
incorporación de la Licenciatura en Enfermería al artículo 43 de
la Ley de Educación Superior en el año 2013, lo que permitió que
los planes de estudio y los estándares de acreditación,
evaluados periódicamente por la Comisión Nacional de Evaluación
y Acreditación Universitaria (CONEAU), garantizaran una
formación de calidad y homogeneidad en todo el país.
Este avance académico se complementó con una mejora cualitativa
en la composición de la fuerza de trabajo: mientras que en la
década de los 90 el 75% del personal de enfermería estaba
integrado por auxiliares y empíricos, en el año 2023, según
datos del Observatorio Federal de Recursos Humanos en Salud
(OFERHUS), la cifra de matriculados ascendió a 250.252
profesionales, de los cuales el 20,81% posee título de
licenciado, el 56,51% son técnicos y el 22,64% auxiliares, lo
que evidencia un crecimiento exponencial de la
profesionalización. (4)
Este cambio estructural ha sido posible gracias a políticas
públicas intersectoriales, entre las que sobresale la creación
del Programa Nacional de Formación de Enfermería (PRONAFE) en
2016, renovado en 2020 (Resolución CFE N.º 385/20). A través de
este programa se ha fortalecido a más de 300 instituciones
formadoras en todo el país, triplicando la cantidad de
inscriptos en diversas jurisdicciones mediante estrategias como
becas para estudiantes, entrega de mochilas técnicas con insumos
para prácticas, equipamiento a instituciones con kits de
simulación clínica, capacitación docente y la creación del
Centro Nacional de Simulación en 2018. Además, la Ley 27712/23
de Promoción de la Formación y Desarrollo de la Enfermería ha
impulsado la articulación entre los distintos niveles
formativos, desde el técnico hasta el posgrado, promoviendo la
movilidad académica y el reconocimiento de la enfermería como
una inversión estratégica para la salud pública.
No obstante, el análisis de las trayectorias académicas revela
desafíos estructurales que persisten, a pesar de los avances:
una carrera pensada para cinco años que, en los hechos, dura más
de trece debido a exigencias laborales, socioeconómicas y
académicas que afectan al estudiantado. Según los autores, este
fenómeno se relaciona con el proceso de masificación de la
educación superior, que ha abierto las puertas a franjas
sociales históricamente excluidas, pero que también ha generado
desigualdades en las trayectorias y en el desempeño de los
estudiantes (Ortigoza et al., 2022; 2024).
A pesar de ello, la profesionalización no se ha limitado al
grado, sino que se ha diversificado hacia el posgrado con el
acceso a residencias especializadas, así como con la
consolidación de maestrías y doctorados específicos que fomentan
la generación de conocimiento científico propio. (1)
En lo que respecta al liderazgo y la práctica profesional, la
enfermería ha avanzado hacia la enfermería basada en la
evidencia, promoviendo una mayor autonomía en la toma de
decisiones complejas.
Durante la pandemia, las enfermeras demostraron una capacidad
excepcional para adaptarse a situaciones de crisis, gestionar
recursos y brindar cuidados integrales, combinando prevención,
asistencia, rehabilitación y acompañamiento emocional. (5)
Este protagonismo ha reforzado la percepción social de la
disciplina, resignificando su feminización histórica, ya que el
82% del personal de enfermería en la provincia de Buenos Aires
son mujeres. Este hecho, de algún modo u otro, puede haber
contribuido a cristalizar la histórica diferencia de ingresos
con otras profesiones de la salud, particularmente con la
medicina. Además, la incorporación de la carrera al artículo 43
de la Ley de Educación Superior permitió su regulación estatal y
acreditación periódica, elevando los estándares de calidad y
consolidando su reconocimiento académico y social.
Sin embargo, persisten desafíos críticos que comprometen la
sostenibilidad del sistema y la consolidación plena de la
profesión. Al déficit general debe sumarse una profunda
disparidad regional: mientras que la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires concentra 6,44 enfermeros/as por cada 1.000 habitantes,
provincias como Santiago del Estero disponen de 0,51. Es
necesario generar acuerdos federales y políticas conjuntas
tendientes a mejorar estas evidentes inequidades.
Las condiciones laborales son la gran deuda pendiente: la
precarización y el pluriempleo son la regla. El 78,3% del
plantel de enfermería tiene entre dos y tres empleos en promedio
debido a los salarios bajos. En 2021, el 52,4% de los
profesionales ganaba un monto inferior a la canasta básica.
Además, solo el 28,6% pertenecía a planta permanente, mientras
que el 38,1% trabajaba en planta interina, lo que genera
inestabilidad laboral.
Esto, a su vez, limita la capacidad de los profesionales para
actualizarse académicamente y dedicarse a la investigación. Este
fenómeno no solo afecta la calidad de vida del colectivo de
enfermería, sino que también compromete la calidad de la
atención sanitaria, ya que el pluriempleo puede derivar en
cansancio, estrés y menor productividad. El limitado acceso al
desarrollo académico es otro atraso. Aunque la Ley 24.004 (1991)
reconoce la investigación como parte de las funciones de
enfermería, en la práctica, el acceso a la carrera de
investigador sigue siendo limitado, y la producción científica
en enfermería continúa siendo escasa: solo 0,9 licenciados por
cada 1000 habitantes tienen formación doctoral. (6)
Hay algo de optimismo para mirar el futuro. La pandemia puso de
relieve el rol de la enfermería y la población comenzó a tomar
conciencia de su importancia. Por otra parte, el crecimiento de
la formación en las universidades puede ser el comienzo de la
jerarquización profesional. Pero, para consolidar estos avances,
es necesario abordar los desafíos pendientes de manera integral.
Falta personal de enfermería: bastaría con crecer un 8% anual en
graduados, la meta que fija la OMS, para empezar a cerrar la
brecha. Faltan salarios que no obliguen a tener dos o tres
trabajos para llegar a fin de mes. Falta investigación propia,
con becas y cargos que no dependan de la buena voluntad de
turno. Y falta, sobre todo, dejar de mirar el pro- medio
nacional: mientras no haya una enfermera en cada rincón del
país, Santiago del Estero seguirá pagando la cuenta de un
sistema pensado para Buenos Aires.
La enfermería argentina no necesita otro discurso que la ponga
en un pedestal. Necesita que alguien haga las cuentas de cuántas
faltan, dónde faltan y cuánto cobran las que están. Todo lo
demás, la autonomía, el prestigio, el reconocimiento científico,
es letra muerta mientras en algunos lugares persistan
diferencias siderales con el centro del país. El cuidado no se
declama: se paga, se forma y se distribuye. Y en eso, todavía,
el sistema de salud argentino está en deuda.
Referencias
(3) Espindola, K. (2025). Reflexiones sobre la formación de
enfermería en Argentina: recuperar el pasado para proyectar un
futuro. Revista Latinoamericana de Políticas y Administración de
la Educación, (22), 205-218.
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/10317684.pdf
(4) Moreira, K., & Felippa, G. (2025). La profesionalización de
la enfermería y su impacto en la gestión sanitaria. Revista
ISALUD, 20(97), 1-10.
https://rid.isalud.edu.ar/server/api/core/bitstreams/2708e1f9-b35b-4f90-bb30-aa6e023fb18c/conte
(5) Caravaca, J., & Daniel, C. (2022). Oficio viejo, profesión
nueva: la enfermería en pandemia a través de una trayectoria
laboral. Aiken. Revista de Ciencias Sociales y de la Salud,
2(1), 17-32.
https://eamdq.com.ar/ojs/index.php/aiken/article/view/27
(6) Brunelli, M. V., Camio, A. V., Canova, C., Colombo, M. C.,
Farfán, A. B., Gómez, T. A., Méndez, P., Martínez, M., Rosales,
S., Verardi, J. C., Vilches, S. E., & Alberto, L. (2026).
Posición para el desarrollo de la investigación por parte de los
profesionales de enfermería en Argentina. Medicina Buenos Aires,
86(1), 198-206.
https://www.scielo.org.ar/pdf/medba/v86n1/1669-9106-medba-86-01-198.pdf.
(1) Profesor Asociado Universidad
Nacional del Sur. Exdirector Nacional de Capital Humano.
Ministerio de Salud de la Nación
(2) Profesora Adjunta Universidad Nacional del Sur. |
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