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EL MODELO DE LAS CUATRO COLUMNAS:
UNA MIRADA DESDE LA EXPERIENCIA DEL PACIENTE

Por las Dras. Alicia Gallardo e Ingrid Kuster (*)


La medicina nunca fue tan precisa como en estos tiempos, y sin embargo, la insatisfacción crece. ¿Qué está fallando cuando, aun con tecnología y conocimiento de excelencia, los resultados no alcanzan?
Esteban Pereyra Iraola (1) aporta una mirada construida desde 45 años dentro del sistema de salud, atravesando tratamientos complejos y enfermedades crónicas. Su propuesta es clara: la calidad de vida no depende de un acto médico aislado, sino del equilibrio entre múltiples factores.
Su modelo de “la mesa de cuatro patas” invita a repensar la medicina como una construcción colectiva, donde cada dimensión -técnica, médica, emocional y personal- define el verdadero resultado.

-Si hoy tenemos la mejor medicina de la historia, ¿por qué tantos pacientes y también profesionales- siguen insatisfechos?
Porque confundimos precisión con resultado. La medicina avanzó de forma extraordinaria en lo técnico, pero eso no garantiza calidad de vida. Después de 45 años atravesando tratamientos complejos, entendí que el éxito no es un acto médico aislado: es un equilibrio. Por eso hablo de una “mesa de cuatro patas”. Si una falla, el sistema se inclina. Si fallan dos, se cae. Y eso pasa incluso en los entornos más sofisticados.

- ¿Qué estamos dejando de mirar?
Que la salud no es un proceso puramente biológico. Es una construcción colectiva. Nos enfocamos en la aparatología, en los protocolos, pero olvidamos que todo eso depende de personas. Y las personas -pacientes, técnicos, médicos, familias- están atravesadas por emociones, cansancio, contexto. Cuando eso no se integra, el sistema empieza a fallar, aunque todo “en teoría” funcione bien.

-Hablemos del primer soporte: la tecnología. ¿Es realmente una fortaleza o también puede ser una trampa?
Es ambas cosas. La tecnología es extraordinaria, pero no funciona sola. Necesita de quienes la operan. Y ahí aparece una tensión muy fuerte: el personal técnico es probablemente el más exigido y el menos cuidado. Jornadas extensas, poco tiempo para capacitarse, presión constante. Un sistema que no cuida a sus técnicos está comprometiendo directamente la calidad del tratamiento.

- ¿Está diciendo que el estado del técnico impacta clínicamente en el paciente?
Exactamente. Un técnico agotado no puede sostener calidad. En cambio, cuando está formado, descansado y reconocido, la tecnología se potencia. Yo lo viví muchas veces: el diferencial no era la máquina, era la persona detrás. Por eso digo algo que debería ser obvio, pero no lo es: cuidar al personal técnico es cuidar al paciente.

- ¿Y qué pasa con el médico, que sigue siendo la figura central del sistema?
El médico hoy está en una encrucijada. Se le exige excelencia, pero se lo empuja a funcionar dentro de una lógica administrativa que fragmenta su tiempo. Muchas veces termina siendo la cara visible de problemas que no dependen de él. Eso desgasta y distorsiona su rol. El médico debería poder pensar, investigar, diseñar estrategias de salud, no solo gestionar restricciones.

-También hay un cambio cultural pendiente en esa relación, ¿no?
Sí, y es clave. Durante mucho tiempo el paciente fue pasivo. Pero en tratamientos crónicos eso no funciona más. Cuando el paciente participa, pregunta, se involucra, el tratamiento mejora. Yo tuve médicos que entendieron eso y me integraron. Ahí cambia todo. Se deja de tratar una enfermedad y se empieza a acompañar a una persona.

-La tercera columna que usted plantea es el entorno. ¿Por qué es tan determinante?
Porque ningún tratamiento ocurre en aislamiento. Ocurre en una vida real, con vínculos reales. El problema es que el entorno muchas veces actúa desde el miedo. Y el miedo lleva a la sobre- protección. Cuando eso pasa, el paciente pierde autonomía y entra en una lógica de pasividad que lo debilita aún más.

- ¿Cómo debería actuar entonces la familia o el entorno cercano?
Acompañando, pero no reemplazando. Impulsando, no limitando. El mejor entorno no es el que “hace todo por el paciente”, sino el que lo desafía a seguir activo, a sostener su identidad. En mi caso, mi familia y mis amigos fueron un motor. No me dejaron quedarme en la enfermedad. Y eso fue tan importante como cualquier tratamiento.

-Llegamos a la última columna: el paciente. ¿Qué pasa cuando esa pata falla?
Pasa todo. Si el paciente se vuelve pasivo, el sistema pierde sentido. El mayor riesgo es el “estancamiento”: aceptar el deterioro como algo inevitable. Ahí se rompe algo más profundo que lo físico. El paciente tiene que decidir si va a ser protagonista o espectador de su propia vida.

-Suena fuerte. ¿Todos pueden hacerlo?
No es fácil, pero es posible. Y, sobre todo, es necesario. La normalidad cambia, claro. Pero no desaparece. Se reconstruye. El paciente tiene que exigir calidad de vida, involucrarse, sostener su lugar. Nadie puede hacer eso por él.

-Si tuviera que dejar un mensaje incómodo -pero necesario- para el sistema de salud, ¿cuál sería?
Que no alcanza con hacer bien la medicina. Hay que hacerla humana. Y eso implica entender que el resultado no depende de una sola variable. Depende de cómo interactúan todas. Cuando el sistema cuida a sus profesionales, cuando los profesionales integran al paciente y cuando el entorno acompaña sin anular, aparece algo distinto: no solo supervivencia, sino vida.

Coincidimos con Esteban, en definitiva, no hay tratamiento sostenible sin conversación.

Cuando el diálogo se vuelve herramienta -y no solo intercambio-, la medicina deja de ser un acto individual para convertirse en un proceso compartido.

Ahí es donde la comunicación deja de ser un complemento y pasa a ser parte del tratamiento. Y donde la mediación en salud abre un nuevo espacio: no para resolver conflictos únicamente, sino para construir acuerdos que sostengan la vida posible de cada paciente.

(1) Esteban Pereyra Yraola es un especialista en Comunicación, PNL y Coaching enfocado en la humanización de la asistencia sanitaria y el acompañamiento organizacional. Con más de 40 años como paciente experto, integra su vivencia en procesos de diálisis, trasplante y oncología con herramientas técnicas para optimizar el vínculo médico-paciente y la gestión emocional

 
(*) Abogadas – Mediadoras - Consultoras en Mediación Sanitaria


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