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Durante mucho tiempo, casi todo el siglo pasado, crecimos dentro
de un modelo que entendía el conflicto como un combate,
confrontación, batalla. Cuando algo se rompía en la relación
entre personas o instituciones, la respuesta casi automática era
llevarlo a los tribunales y dejar que un tercero decidiera quién
ganaba y quién perdía. Esa lógica adversarial marcó la cultura,
el modo de vincularnos y hasta la forma de entender el derecho.
En su momento fue un avance respecto de la Ley del “ojo por
ojo”.
Sin embargo, lo que esa confrontación dejó tras de sí no fue una
sociedad más lúcida ni más justa, sino un clima de tensión
creciente: menos diálogo, más litigios, más sensación de que
nadie escucha al otro, más de aniquilar al otro directamente.
A finales del siglo XX, y con más fuerza en este nuevo siglo,
empezó a emerger en distintos países otra forma de abordar los
desacuerdos (incluso histórica pero poco difundida o
legitimada): métodos que no se basan en la pelea sino en la
conversación. La negociación, la mediación y otros recursos de
resolución colaborativa comenzaron a instalar una pregunta
distinta:
¿Y si en lugar de enfrentarnos,
pudiéramos
sentarnos a buscar juntos una solución?
Esos enfoques, los MASC, (Métodos Adecuados para la Solución de
Conflictos) llegaron también a nuestro país hace tres décadas y
desde entonces avanzan, a veces lentamente, pero siempre
ampliando posibilidades. No solo porque alivianan la carga
judicial, sino porque devuelven a las personas un lugar que
parecía destinado exclusivamente a los abogados: la posibilidad
de participar activamente en la construcción de un acuerdo. Suyo
es el conflicto suya la posibilidad de solución.
En el sistema de salud -uno de los ámbitos más sensibles, por lo
que toca al cuerpo, a la vida y a la vulnerabilidad humana- esta
mirada colaborativa podría marcar una diferencia enorme. Las
coberturas, interpretaciones de normas, protocolos médicos y
decisiones administrativas generan tensiones que, sin un espacio
de diálogo, terminan casi inevitablemente en la justicia.
Cuando falta la conversación,
sobran los conflictos
Un ejemplo cotidiano que hemos visto con penosa reiteración lo
muestra con claridad.
Una usuaria solicita un estudio de alta complejidad. Desde la
organización le responden con tecnicismos, sin demasiada
explicación. Ella siente que la están desamparando. Ellos
sienten que ella no comprende los límites del programa. En pocos
intercambios -y sin que nadie haya explicado nada en
profundidad- la situación escala: la usuaria inicia un amparo,
la institución responde con abogados, el malestar crece.
Recién en la mediación judicial aparece la verdad: había
alternativas terapéuticas que la paciente desconocía y que nadie
le explicó a tiempo. El acuerdo que se alcanza allí podría
haberse resuelto en dos días, dentro de la organización, con una
conversación oportuna, clara y humana.
Historias así no son la excepción. Y esto nos obliga a
preguntarnos: ¿cuántos juicios existen solo porque faltó una
palabra, un tiempo de escucha o una explicación sencilla?
La salud como encuentro,
no como escenario de disputa
En el vínculo entre usuario y organización hay un contrato, sí.
Pero también hay expectativas, temores, momentos de fragilidad y
una necesidad profunda de ser escuchado. Por eso, cuando aparece
una duda sobre la cobertura, lo primero no debería ser el
expediente, sino la conversación: explicar con precisión médica,
con claridad comunicacional y con sensibilidad humana qué se
puede ofrecer y por qué.
Un gran porcentaje de conflictos judiciales no nace de la mala
fe, sino de la mala comunicación. Sorprende saber que es más del
50%. No son números para mirar para otro lado.
Imaginemos organizaciones de salud donde los equipos inter-
disciplinarios -médicos, administradores, psicólogos, líderes
institucionales- estén capacitados en negociación, escucha
activa, comunicación clara y mediación preventiva.
Organizaciones donde ante cada diferencia se habilite un
encuentro antes que un expediente.
Los MASC no son herramientas exclusivas de abogados; son
aptitudes que pueden aprenderse como capacidades humanas que
fortalecen a cualquier profesional. Y en salud, donde el impacto
emocional es enorme, estas habilidades son casi un deber ético.
Organizaciones que eligen
crecer a través del diálogo
Los conflictos seguirán existiendo: forman parte de toda vida en
común. Lo que diferencia a una organización madura de una que no
lo es, es la forma en que decide transitarlos.
Las primeras construyen espacios donde el desacuerdo no se
convierte en batalla sino en oportunidad: oportunidad de revisar
procesos, de tomar decisiones conjuntas, de encontrar soluciones
creativas y, sobre todo, de trabajar con el otro y no contra el
otro.
Y no es menor tampoco destacar que este es un gran diferencial
en cuanto a la identidad empresarial, el cuidado de la imagen,
la huella de la organización.
Ese es el sueño que compartimos con nuestra colega, la Dra.
Gloria Novel Martí, cuando habla de las “organizaciones del
Tercer Lado”, inspiradas en el pensamiento de William Ury:
instituciones que cuidan tanto a las personas que las integran
como a los resultados que necesitan alcanzar.
En ese modelo, desde los directivos hasta los mandos intermedios
forman parte de un mismo sistema de conversación y aprendizaje.
Todos pueden adquirir herramientas para construir consensos,
disminuir tensiones y evitar que los desacuerdos se transformen
en conflictos judiciales innecesarios y dolorosos.
Un cierre, o más bien una
invitación
Terminamos este 2025 con la sensación de estar acompañando algo
que ya está en movimiento: una comunidad de salud que empieza a
mirar el conflicto con otros ojos, no como amenaza sino como
puerta de entrada a una relación más madura, más clara y más
humana.
Y proyectamos un 2026 donde más profesionales, más
organizaciones y más usuarios se sumen a este cambio cultural
que, lejos de ser teórico, transforma la vida cotidiana de
quienes están del lado del cuidado.
Quisiéramos encontrarnos en ese camino….
(*) Abogadas – Mediadoras - Consultoras en Mediación Sanitaria
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