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Desde hace casi dos décadas, la Asociación Argentina de
Mediación en Salud (AAMES) trabaja promoviendo herramientas de
diálogo, negociación y gestión colaborativa de conflictos dentro
del sistema sanitario.
Nacida
en 2007 por iniciativa de profesionales de distintas disciplinas
comprometidos con la transformación de los vínculos en salud, la
institución impulsa espacios de investigación, capacitación y
difusión de los Métodos Adecuados de Resolución de Conflictos,
con el objetivo de contribuir a una atención más humana y a la
disminución de la judicialización.
En un contexto donde la seguridad del paciente ocupa un lugar
cada vez más relevante, conversamos con la Mg. Norma N. Funosas
Insaurralde, vicepresidenta de la institución, acerca del
impacto que tiene la comunicación en la calidad de la atención,
la prevención de eventos adversos y la construcción de
organizaciones de salud más seguras.
— Cuando hablamos de seguridad del paciente solemos
pensar en tecnología, infraestructura o protocolos. ¿Por qué
poner el foco en la comunicación?
Porque muchas veces los daños no ocurren por falta de cono-
cimientos médicos, sino por fallas en la comunicación entre las
personas que participan del proceso asistencial.
La seguridad del paciente busca prevenir daños evitables durante
la atención sanitaria. Y hoy sabemos que una parte importante de
esos daños tiene relación con mensajes mal transmitidos,
información incompleta o situaciones en las que el paciente no
fue realmente escuchado.
—¿La comunicación puede influir tanto como para
afectar los resultados de una atención médica?
Sin duda. La Organización Mundial de la Salud viene señalando
desde hace años que una proporción importante de los eventos
adversos podría evitarse. Entre las causas aparecen problemas
organizacionales, sobrecarga laboral, fallas en los procesos y
también dificultades en la comunicación. Por consiguiente, ya no
podemos pensar la comunicación como un aspecto accesorio. Es
parte de la calidad asistencial.
—Durante años se buscó identificar culpables cuando
ocurría un error. ¿Esa mirada cambió?
Afortunadamente sí. Hoy existe una tendencia a comprender que
los errores suelen ser consecuencia de múltiples factores y no
únicamente de decisiones individuales.
Ningún profesional se levanta por la mañana con la intención de
dañar a un paciente. De hecho, cuando ocurre un evento adverso o
un daño iatrogénico, el propio profesional también puede quedar
afectado por lo sucedido. Por eso se habla muchas veces del
médico como “segunda víctima”: alguien que no quiso causar daño
y, sin embargo, también sufre emocional, profesional y
subjetivamente las consecuencias de ese evento. Por ello es tan
importante trabajar sobre sistemas más seguros y sobre culturas
organizacionales que permitan aprender de los errores para
prevenirlos.
—¿Cómo se vincula esto con el principio hipocrático
de no dañar?
El principio Primum non nocere -primero, no dañar- sigue siendo
una guía ética central para pensar la atención sanitaria. Ese
principio no debe leerse solamente como la obligación de evitar
una acción lesiva. También implica prevenir el daño, remover
aquello que lo produce y promover activamente aquello que hace
bien.
En ese sentido, la seguridad del paciente no se reduce al acto
médico individual. La Organización Mundial de la Salud viene
trabajando desde hace años con una mirada sistémica: prevenir
errores, aprender de los eventos adversos, mejorar los sistemas
sanitarios y proteger al paciente de daños innecesarios.
El Plan de Acción Mundial para la Seguridad del Paciente
2021-2030 vuelve a poner este tema en el centro: se estima que
uno de cada diez pacientes puede sufrir daños durante la
atención sanitaria y que una parte importante de esos daños es
prevenible.
—¿Dónde aparece allí la comunicación?
Aparece en un lugar central. Cuando la OMS analiza los eventos
adversos, no señala solamente problemas técnicos. También
aparecen fallas de la organización, sobrecarga laboral,
dificultades tecnológicas, protocolos insuficientes y, de manera
muy frecuente, falta de comunicación o comunicación deficiente.
Ya en 2007, las soluciones internacionales para la seguridad del
paciente advertían que los traspasos, los cambios de turno y los
traslados entre unidades son momentos especialmente sensibles.
Una información incompleta, ambigua o mal interpretada puede
comprometer la continuidad y la seguridad de la atención.
Por eso la comunicación no es un asunto accesorio ni decorativo.
Es una verdadera barrera de seguridad: ordena la información,
habilita preguntas, evita supuestos, reduce riesgos y permite
que el paciente y su familia participen de manera más activa y
segura en el proceso de atención.
—¿Por qué insiste tanto en la escucha activa?
Porque escuchar no es simplemente oír. Escuchar implica
comprender, verificar, preguntar y asegurarse de que el otro
realmente pudo expresar lo que necesita.
Cuando un paciente siente que nadie lo escucha, se deteriora la
confianza. Y cuando la confianza se rompe, aparecen los
conflictos.
En cambio, cuando la escucha está presente, el paciente deja de
sentirse un espectador de su tratamiento y comienza a participar
activamente en él.
—¿Podemos decir entonces que el diálogo también
forma parte del tratamiento?
Creo que sí. Las personas no necesitan únicamente estudios,
diagnósticos o medicamentos. También necesitan sentirse
reconocidas. El diálogo permite construir acuerdos, disminuir
tensiones y generar vínculos más saludables entre quienes
brindan atención y quienes la reciben. Por eso la mediación en
salud y los métodos colaborativos tienen cada vez más relevancia
dentro de las organizaciones sanitarias.
— Hablás de la importancia del contexto. ¿Qué
significa exactamente?
Significa entender que ninguna conversación ocurre en el vacío.
Las personas interpretamos los mensajes desde nuestra historia,
nuestras emociones, nuestros temores y las circunstancias que
estamos atravesando. Muchas veces un conflicto que parece
sencillo se vuelve comprensible cuando observamos el contexto en
el que ocurre. Por eso no alcanza con analizar qué se dijo.
También necesitamos comprender desde dónde fue dicho y cómo fue
recibido.
—Incluso vincula esta idea con la epigenética. ¿Qué
aporta esa mirada?
La epigenética nos muestra que el entorno tiene influencia sobre
la expresión genética. Es un campo fascinante porque nos
recuerda que las condiciones externas importan. El ambiente, las
relaciones humanas, el acompañamiento y la calidad de los
vínculos no son cuestiones secundarias. Cada vez comprendemos
mejor que la salud es el resultado de múltiples factores
interactuando entre sí.
—¿Qué debería hacer una organización de salud que
quiera mejorar en este aspecto?
Capacitar. Capacitar en comunicación, escucha activa,
negociación y gestión colaborativa de conflictos. Muchas veces
se invierten grandes recursos en tecnología, pero muy poco en
desarrollar habilidades humanas. Sin embargo, son esas
habilidades las que terminan sosteniendo gran parte de la
experiencia del paciente y también del bienestar de los equipos.
—Si tuvieras que dejar una reflexión final para
quienes trabajan en salud, ¿cuál sería?
Que detrás de cada diagnóstico hay una persona. La tecnología
seguirá avanzando y los tratamientos serán cada vez más
complejos. Pero ninguna innovación reemplazará el valor de
sentirse escuchado.
Cuando un paciente percibe que participa, que es comprendido y
que su voz tiene lugar, algo cambia. Y muchas veces ese cambio
comienza simplemente con una conversación. Porque comunicar no
es solamente transmitir información. Comunicar es cuidar.
¡Comunicar es salud!
(*) Abogadas – Mediadoras - Consultoras en Mediación Sanitaria
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