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Durante los últimos años, la inflación sostenida, aunque ahora
atenuada, pero acumulada, la aceleración de los costos
prestacionales, y la siempre presente judicialización sanitaria
configuraron un escenario de extrema complejidad para todos los
financiadores del sistema. Sin embargo, dentro de ese universo,
el sector vinculado al ámbito universitario -particularmente las
obras sociales de trabajadores docentes y nodocentes- padeció un
agravante singular: el retraso acumulado de la masa salarial
sobre la cual se sostiene su esquema de financiamiento.
Se trata de una realidad que, aunque muchas veces queda
invisibilizada detrás de la discusión estrictamente educativa,
tiene una consecuencia directa sobre la sostenibilidad
sanitaria. Porque en este subsistema, como en buena parte del
modelo solidario argentino, salario y salud son dos caras de una
misma moneda.
Las recientes actas paritarias suscriptas entre el Estado
Nacional, el Consejo Interuniversitario Nacional y las
representaciones gremiales docentes y nodocentes vienen, de
alguna manera, a reconocer formalmente una situación que los
administradores de la seguridad social venían señalando desde
hace tiempo: el retraso salarial acumulado y la necesidad
impostergable de recomposición no sólo para recuperar poder
adquisitivo, sino para recomponer integralmente el
funcionamiento de un sistema que había comenzado a mostrar
signos evidentes de agotamiento. Así lo reflejan las actas del
mes de junio de 2026, donde se acuerda una actualización del
24,33% y se reconoce expresamente la necesidad de revisar
desfasajes anteriores y continuar con revisiones periódicas
conforme la evolución del índice inflacionario.
Pero la relevancia de estas decisiones excede la cuestión
salarial. Existe una dimensión menos visible, aunque igual de
determinante: la del financiamiento sanitario.
Las obras sociales universitarias y sindicales del sector tienen
una lógica financiera simple, su principal fuente de recursos
está compuesta por aportes y contribuciones calculados sobre la
masa salarial. Esto significa que cuando los salarios pierden
poder real frente a la inflación, también lo hace la capacidad
financiera del sistema de salud que depende de ellos. El
problema es que los costos prestacionales no esperan.
Mientras las discusiones por la ley de financiamiento educativo
atravesaban sucesivas dilaciones, impugnaciones y recursos
judiciales promovidos por el Poder Ejecutivo Nacional, los
financiadores del sistema continuaron afrontando la totalidad de
las obligaciones asistenciales. No hubo pausa en la cobertura.
No hubo suspensión de tratamientos. No hubo tregua para la
enfermedad.
Los medicamentos de alto costo siguieron aumentando. Las
prestaciones por discapacidad continuaron expandiéndose. Las
internaciones, tratamientos oncológicos, terapias de salud
mental y prácticas de alta complejidad mantuvieron su curva
ascendente de costos. Todo ello en un contexto de salarios
claramente atrasados.
Ese descalce generó una ecuación difícil de sostener,
obligaciones dinámicas costeadas con ingresos prácticamente
estáticos, endeudamiento de los financiadores -haciendo
esfuerzos para mantener la cantidad y calidad de prestaciones-.
La discusión por la ley de financiamiento educativo no fue, como
muchas veces se planteó, una discusión sectorial limitada al
ámbito universitario. Fue también una discusión de seguridad
social.
Cada mes de retraso en la actualización de salarios implicó,
automáticamente, menor recaudación para las obras sociales. Cada
instancia judicial que dilataba la efectiva aplicación de
mecanismos de recomposición presupuestaria se traducía en un
impacto concreto sobre la caja sanitaria. Mientras el conflicto
institucional seguía su curso, las obras sociales debían seguir
garantizando la cobertura integral de sus afiliados.
Ese esfuerzo fue enorme. Y muchas veces silencioso. Se
absorbieron déficits operativos. Se renegociaron contratos con
prestadores. Se revisaron consumos. Se implementaron auditorías
más estrictas. Se centralizaron procesos administrativos y se
racionalizaron estructuras para sostener el equilibrio. Todo
ello con un único objetivo: evitar que el deterioro económico
impactara sobre el beneficiario.
Porque la salud no admite espera. A diferencia de otras áreas,
el sistema sanitario trabaja bajo una lógica de inmediatez. Una
cirugía no puede posponerse porque haya un conflicto
presupuestario. Un medicamento oncológico no puede suspenderse
hasta que se resuelva una cautelar. Un tratamiento de
discapacidad no puede interrumpirse por falta de actualización
salarial.
Y es justamente esa rigidez prestacional la que vuelve
indispensable la previsibilidad financiera. Por eso la
recomposición acordada, debe ser leída como algo más profundo
que una mera actualización de haberes.
Cuando aumenta la masa salarial, aumentan los aportes. Cuando
aumentan los aportes, mejora la liquidez del sistema. Y cuando
mejora la liquidez, se fortalece la capacidad de sostener
prestaciones, pagar prestadores en tiempo y forma, ampliar redes
de atención y reducir niveles de conflictividad. -La cadena es
directa-.
A ello se suma otro punto central que surge del acuerdo general:
la recomposición presupuestaria específica para hospitales
universitarios.
La decisión de incrementar la partida destinada a estas
instituciones constituye un dato de enorme relevancia. Los
hospitales universitarios no son solamente centros
asistenciales; son también espacios de formación profesional,
investigación y producción de conocimiento. Su debilitamiento
impacta sobre toda la red sanitaria.
Fortalecerlos, en consecuencia, no sólo mejora la capacidad de
respuesta propia del sistema universitario, sino que descomprime
demanda sobre otros efectores públicos y privados. Es, en
definitiva, una inversión sanitaria.
Ahora bien, sería ingenuo pensar que esta recomposición resuelve
por sí sola el problema estructural.
Los niveles de atraso acumulado, la inflación residual, la
litigiosidad y el permanente incremento del costo médico obligan
a sostener una política de actualización sostenida. La propia
lógica de las actas paritarias así lo reconoce al establecer
revisiones trimestrales y mecanismos de seguimiento.
Ese dato es central. Si algo dejó claro la disputa reciente es
que el financiamiento sanitario no puede depender de discusiones
esporádicas ni de soluciones tardías. Necesita continuidad y
pre- visibilidad, ya que como dije la salud no puede financiarse
a destiempo.
En ese sentido, las paritarias periódicas aparecen no sólo como
una herramienta de recomposición laboral, sino como un mecanismo
indirecto de protección sanitaria.
Y esto obliga a repensar el vínculo entre política salarial y
política de salud.
Durante mucho tiempo ambas discusiones fueron abordadas como
compartimentos estancos, cuando en realidad forman parte de una
misma estructura de sostenimiento social. Lo que hoy ocurre en
el ámbito universitario lo demuestra con claridad.
La mejora salarial no sólo beneficia al trabajador en su ingreso
directo. También fortalece la obra social que lo cubre, mejora
la capacidad prestacional y preserva el acceso a la salud de
toda su familia.
Muchas veces vemos que el debate público suele reducirse a
variables fiscales de corto plazo, pero es indispensable
entender que detrás de cada partida presupuestaria hay
estructuras esenciales que sostienen derechos básicos. Y entre
esos derechos, la salud ocupa un lugar central.
La recomposición salarial y presupuestaria del sistema
universitario son, sin dudas, un alivio para un sector que venía
soportando un retraso crítico. Lo reconocen las propias actas a
las que hice referencia más arriba. Lo reflejan los números. Y
lo confirma la experiencia cotidiana de quienes administran,
financian y sostienen el sistema.
La recuperación de cierto equilibrio permite proyectar una
mejora en la sustentabilidad del modelo. No es la solución
definitiva, pero sí es un comienzo de recomposición. Y en un
sistema que durante mucho tiempo funcionó al límite, recuperar
margen de maniobra no es un dato menor.
Es, quizás, la condición mínima indispensable para seguir
garantizando lo más importante: que la salud siga siendo un
derecho efectivamente accesible y no una promesa condicionada
por la coyuntura económica o política.
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(*)
Especialista en derecho sanitario y financiamiento del
sistema de salud.
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