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Compré
mi primera computadora en 1987.
Todavía recuerdo el sentimiento de
conquista que supuso reunir 500
dólares en medio de la devaluación
del Plan Primavera. En aquel
entonces vivía de una beca de
iniciación a la investigación que
con la devaluación pasó de US$ 125 a
solo US$ 25. Mi primera computadora
me costó lo equivalente a 20 meses
de trabajo.
Acabo de comprar una notebook, de
una marca estándar pero muy
confiable. Pagué por ella 500
dólares. Lo mismo que la primera,
casi 40 años después. Es cierto,
aunque ambas me sirven para seguir
escribiendo, hay un abismo
tecnológico entre mi vieja Commodore
128 y mi nueva notebook. No fue tan
excitante esta vez, pero sentí
gratitud. La vida ha sido generosa
conmigo y hoy, con mi salario,
podría comprar varias computadoras.
La paradoja es que con los
medicamentos ocurre todo lo
contrario. Cuando adquirí la
Commodore 128, mi madre fue
diagnosticada de artritis
reumatoide. El tratamiento era
sintomático, con AINEs. No
modificaba la progresión de la
enferme- dad, solo aliviaba
síntomas. Su costo equivalía a poco
más de tres dólares al mes.
Mi cuñada, que hoy tiene la edad que
mi madre tenía entonces, padece la
misma enfermedad y es tratada
eficazmente con biológicos. La
diferencia es notable. Lleva una
vida normal (o casi, porque, para
vivir casada con un Tobar, aún no
hay medicación eficaz). Pero el
costo del tratamiento es 600 veces
mayor que el de mi madre en la
década de los ochenta.
Esa inflación farmacéutica es
prácticamente incomparable con la
registrada por cualquier otro bien
en el mundo. Ni el oro ni siquiera
las criptomonedas llegaron a
apreciarse tanto. A veces, como en
el ejemplo que mencioné, se vincula
con conquistas médicas y logros en
términos de calidad y cantidad de
vida. Muchas otras, ni siquiera son
ventajosas. Pero siempre,
ineludiblemente siempre, los nuevos
medicamentos son mucho más caros.
El mercado farmacéutico presenta una
paradoja persistente: el costo de
producir un medicamento tiende a
caer mientras el precio final tiende
a subir. Esta paradoja farmacéutica
muestra los límites de los marcos
clásicos del pensamiento económico:
ni Smith, ni Hayek ni Rothbard
imaginaron mercados donde los costos
fabriles bajan por tobogán mientras
los precios de venta suben en
cohete.
Los motivos por los que los costos
fabriles bajan son diversos:
a) Avances en procesos industriales,
b) La producción a gran escala con
una demanda sostenida, c) La
globalización de la cadena de valor
-caracterizada por una creciente
especialización geográfica de la
producción. India y China se
centraron en la fabricación de
principios activos y formas
farmacéuticas, lo que ha contribuido
a reducir o estabilizar los costos
de fabricación en determinados
segmentos del mercado farmacéutico
(en especial en los medicamentos de
síntesis química).
Sin embargo, esta tendencia no se
traduce en precios más bajos. Por el
contrario, la evidencia muestra que
el precio de lanzamiento de los
nuevos medicamentos ha aumentado de
manera sostenida en las últimas
décadas. En el caso de los
medicamentos oncológicos, por
ejemplo, el precio medio de los
medicamentos lanzados al mercado a
mediados de la década de 1990 era de
5.000 dólares por tratamiento anual.
El mismo aumentó 24 veces, hasta
superar los 120.000 dólares anuales
hacia comienzos de la década de
2010, incluso tras ajustar por la
inflación. (1)
La paradoja se explica porque una
proporción creciente del precio de
venta de los medicamentos se destina
a cubrir costos intangibles. Se
trata de gastos opacos que nunca son
del todo detallados ni controlados
por ningún organismo. Por un lado,
los denominados costos de
investigación y desarrollo para
llegar a nuevas patentes. Por otro
lado, un poderoso marketing
farmacéutico que incluye visitadores
médicos, propaganda al público (en
la televisión abierta, la mitad del
denominado horario noble es ocupada
por las farmacéuticas), congresos
médicos, folletos y publicaciones.
(Entre las cosas que se pueden
mencionar en público).
Esta dinámica resulta central para
comprender por qué, incluso en
ausencia de innovación incremental
significativa (lo que en jerga
llamamos pseudoinnovación) o en
presencia de competencia potencial
(lo que en jerga se denomina copias
o segundas marcas), los precios
pueden mantenerse elevados o incluso
aumentar con el tiempo.
¿Se podría controlar este costo
intangible? Bueno, hay países que
imponen una tasa a la propaganda
farmacéutica (Gran Bretaña y Francia
son ejemplos). También se podrían
fijar precios diferenciando el
componente de I+D del costo de
producción (Canadá ha avanzado en
ese sentido). Pero reconozcamos que
se trata de mecanismos difíciles de
implementar.
Hay dos instrumentos sostenibles y
eficaces que ayudan a reducir la
transmisión de esos misteriosos
costos intangibles a los precios de
los medicamentos. El primero es
separar la paja del trigo evaluando
los nuevos lanzamientos para definir
si deben ser cubiertos y a qué
precio deberían ser pagados. Es
decir, si vamos a pagar 600 veces
más por un tratamiento, al menos
verifiquemos que sea mejor.
En ese sentido, la evidencia nos
recuerda las enseñanzas del viejo
Vizcacha, pues la evaluación debiera
ser única e inapelable. Cuando cada
maestrito tiene su librito, se abre
espacio para el ejercicio ilegal de
la medicina por parte de los jueces.
Entonces, no solo necesitamos una
única agencia nacional (o, mejor
aún, federal) de evaluación de
tecnologías sanitarias, sino que
habría sido mejor tener una para
todo el Mercosur e incluso para toda
América Latina. (Sospecho que una
porción de esos gastos intangibles
se destinó a evitar que a alguien se
le ocurriera proponer semejante
idea).
El segundo instrumento no apunta al
primer componente del gasto
intangible (el de investigación y
desarrollo) sino al segundo (el de
marketing). Aquí, hay evidencia
suficiente respecto a que lo ideal
es promover competencia genérica con
todo el arsenal de medidas
posibles.(2) En este segmento, si la
economía clásica tiene mucho que
aportar. Sospecho que los
economistas liberales de hoy tienden
a ser más místicos que los clásicos
y consideran que lo que cura son los
costos intangibles.
En conclusión, más allá de toda
paradoja, así como del misticismo
imperante que cree en la competencia
en todos los mercados, salvo en el
farmacéutico, la evidencia nos
indica que lo caro no es lo que está
dentro del envase. El precio de los
medicamentos está determinado
principalmente por mecanismos de
captura de rentas vinculados a
elementos intangibles.
Ginés González García solía decir
“los medicamentos no tienen precio,
se los ponen”.(3)
1) Howard, D. H., Bach, P.
B., Berndt, E. R., & Conti, R. M.
(2015). Pricing in the market for
anticancer drugs. JAMA Oncology,
1(5), 1–2.
2) Organización Panamericana de la
Salud. (2010).
Medicamentos genéricos: una
estrategia para ampliar el acceso a
medicamentos esenciales. Washington,
DC: OPS.
3) Facultad de Ciencias Médicas de
la Universidad Nacional de Córdoba.
(s. f.). Ginés González García
disertó sobre la problemática de los
medicamentos de alto costo.
Universidad Nacional de Córdoba.
https://fcm.unc.edu.ar/gines-gonzalez-garcia-diserto-sobre-la-problematica-de-los-medicamentos-de-alto-costo/n.
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